Una solución eficaz para que el pasado no lo siga atormentando

(Lección 2 – Nivel 5)

No podemos seguir arrastrando la culpa del ayer. La sangre de Cristo nos limpió

Mayra no quiso volver a orar. Aunque no ha tenido una experiencia traumática, siente que su carga de pecados le impide ir ante el Señor en oración.

Con ella se identifica Ramiro. Lleva varios meses asistiendo a la iglesia. Estaba contento. Experimentaba cambios progresivos en su forma de pensar y de actuar. Sin embargo, tuvo un tropiezo. Discutió con su esposa. Perdió los estribos. Gritó. Hoy no quiere congregarse de nuevo.

Antonio fue un borracho. Se bebía hasta el último peso que ganaba. Recibió a Jesús como Señor y Salvador y evidenció cambios profundos. Incluso, en el trato a su esposa; fue diferente. Había diálogo. Daban ganas de volver a casa. No obstante, un viernes en la tarde cedió a la tentación. Otras cervezas empañaron ese ambiente de cambio que rodeaba su nueva vida. ¡No quiso seguir adelante!

¿Cuál es el común denominador en estas tres vidas? El sentimiento de culpa.

Millares de personas aún siguen cargando sobre sus hombros un pasado de errores. A pesar de que se convirtieron a Cristo, los errores del ayer los persiguen como una sombra. Y se sienten cohibidos de ir ante la presencia del Señor en oración.

La sangre de Cristo, entrada al Padre

Con frecuencia repetimos que la sangre de Cristo tiene poder. Mediante su sacrificio en la cruz, el Señor Jesús perdonó nuestros pecados, nos limpió de una vida pecaminosa y nos abrió las puertas  a una existencia renovada. ¡Todo el ayer quedó borrado!

Gracias a la obra salvífica, es posible ahora que “… entremos directamente a la presencia de Dios con corazón sincero y con plena confianza en él. Pues nuestra conciencia culpable ha sido rociada con la sangre de Cristo a fin de purificarnos, y nuestro cuerpo ha sido lavado con agua pura.” (Hebreos 10:22. NTV)

Pese a los múltiples errores cometidos en el ayer, al morir en la cruz, nuestro Salvador transformó el curso de nuestra historia. No hay registro de las fallas que cometimos, muchas de las cuales causaron heridas a personas cercanas.

No obstante, nos cuesta reconocer que ya Jesús hizo la obra. La conciencia nos acusa de nuevo. Nos sentimos intimidados. Caemos en el letargo, en el estancamiento o en un revés espiritual.

Al fin y al cabo los seres humanos somos bastante complejos, como escribe el profeta Jeremías: “El corazón humano es lo más engañoso que hay, y extremadamente perverso. ¿Quién realmente sabe qué tan malo es?” (Jeremías 17:9. NTV)

Esa condición a veces extraña es la que nos conduce a sentirnos culpables; en ese juego nuestro adversario satanás juega un papel importante. Él es el acusador, como veremos un poco más adelante, y su propósito es que sintamos culpa en todo momento.

Un nuevo corazón, el resultado

Cuando recibimos a Cristo como Señor y Salvador, y aceptamos su obra redentora en la cruz, nos convertimos en nuevas criaturas. Nuestro corazón es cambiado por su infinito poder.

Es en ese momento cuando comienza el cambio y se hace real la Palabra de nuestro amado Dios: "Os daré corazón nuevo, y pondré espíritu nuevo dentro de vosotros; y quitaré de vuestra carne el corazón de piedra, y os daré un corazón de carne." (Ezequiel 36:26)

La transformación en nuestro ser es real. Basta que nos dispongamos para el Señor e imprime cambios significativos en nuestra forma de pensar y de actuar.

¿Qué lo hace posible? La sangre de Cristo, como leemos en la carta del apóstol Pablo a los creyentes de Éfeso: “Pero ahora en Cristo Jesús, vosotros que en otro tiempo estabais lejos, habéis sido hechos cercanos por la sangre de Cristo.” (Efesios 2:13)

Observe cuidadosamente que una vida de pecado no nos separa de Dios, si nos arrepentimos y nos decidimos a cambiar. La sangre de Cristo produce ese milagro.

El apóstol Pablo, quien creeríamos fue el autor de la carta a los Hebreos, escribe: “Así que, hermanos, teniendo libertad para entrar en el Lugar Santísimo por la sangre de Jesucristo…” (Hebreos 10:19)

No es por que seamos buenas o malas personas; por el esfuerzo decidido a cambiar; porque a nuestras palabras sumemos acciones. No. Es por la sangre de Cristo que nos acercó al Padre y nos hizo justos en Su Presencia.

También escribe Pablo: “…acerquémonos con corazón sincero, en plena certidumbre de fe, purificados los corazones de mala conciencia, y lavados los cuerpos con agua pura.” (Hebreos 10:22)

El enemigo ya no puede acusarnos porque sencillamente, gracias a la obra redentora de Jesús, nuestro amado Padre nos perdonó de esa carga pecaminosa del ayer.

Tener una clara comprensión de lo que hizo en la cruz, se constituye en una fórmula sencilla para no seguir arrastrando el pasado a cuestas.

Somos libres para crecer

Si la sangre de Cristo limpió todos nuestros pecados y no hay peso de culpa que debamos seguir cargando sobre los hombros, se hace real en nuestra vida lo que enseñó el apóstol Pablo: “Bienaventurado el varón a quien el Señor no inculpa de pecado.” (Romanos 4:8).

Esas palabras están en consonancia con la grata noticia que consignó por escrito, hace muchos siglos, el rey David: “Bienaventurado el hombre a quien Jehová no culpa de iniquidad, y en cuyo espíritu no hay engaño.” (Salmos 32:2)

El panorama que se abre frente a nosotros es alentador. No hay pecado que pese en nuestra contra. Dios nos ofrece una nueva oportunidad. La sangre preciosa vertida por Cristo Jesús lo hizo posible.

Decídase hoy a experimentar una vida plena. El poder de Dios lo hace posible.

Preguntas para su auto evaluación en su avance como Discípulo de Jesús:

Le invitamos esta semana a repasar la Lección y responder los siguientes interrogantes, que le ayudarán a profundizar en las enseñanzas y a tornarlas prácticas en su vida diaria:

a.- ¿Por qué podría afirmar que la sangre de Cristo tiene poder?

b.- ¿Qué nos enseña Hebreos 10:22 en cuanto a lo que produjo la sangre de Cristo Jesús?

c.- ¿Qué nos promete Dios en cuanto a la obra que hará en el corazón de quienes somos sus hijos (Cp. Ezequiel 36:26)?

d.- ¿Podría describir lo que hace la sangre de Cristo en nuestras vidas (Cp. Efesios 2:13)?

e.- ¿Por qué cree que la sangre de Cristo nos da libertad para entrar a la Presencia de Dios (Cp. Hebreos 10:19)?

f.- De acuerdo con Hebreos 10:22, ¿qué ocurre con nuestro corazón por la sangre de Cristo?

g.- Si la sangre de Cristo nos limpia de todo pecado, ¿qué ocurre con nosotros hoy (Cp. Romanos 4:8)?

Escrito por: Fernando Alexis Jiménez

Artículo Original: https://www.mensajerodelapalabra.com/site/?p=7968


Publicado en: Escuela de Discipulado

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