Sembrar nuevas iglesias: de las palabras a los hechos

(Lección 5)

Hay muchas oportunidades de plantar nuevas iglesias

¿Está interesado en sembrar una nueva iglesia? Entonces no se preocupe por la membresía ni convierta en su principal obsesión el crecimiento de la obra en proceso de plantación. “¿Por qué razón?”, me preguntará. La respuesta es sencilla. Muchas veces estamos más preocupados por el número de personas que entran a engrosar la lista de nuevos convertidos que en procurar su crecimiento y madurez espiritual.

Con frecuencia encontramos pastores, obreros o líderes que se quejan por dos elementos: el primero, porque la concurrencia a las reuniones pareciera no crecer, y el segundo, aseguran que carecen de un equipo de trabajo.

En ese orden de ideas, el primer aspecto es que por mucho que utilicemos estrategias— aún las más probadas en otras ciudades y países — , es Dios quien tiene la última palabra. Recuerde que el rey Salomón escribió que: “Puedes hacer todos los planes que quieras, pero el propósito del SEÑOR prevalecerá.” (Proverbios 19:21, Nueva Traducción Viviente)

Por mucho que nos esforcemos, si Dios no está en el asunto, no veremos prosperidad en nuestro cometido. Sobre esa base, y como hemos insistido, es nuestro amado Señor quien debe tomar el control para que todo salga conforme a Su voluntad.

El segundo aspecto es que, alrededor del tema de quienes constituyen el grupo de nuestros colaboradores, basta que miremos a nuestro alrededor. ¿Cuántas de las personas que asisten regularmente a la iglesia todavía se encuentran desarrollando un ministerio de banca? ¿Qué específicamente a qué me refiero? A que un error que cometemos con frecuencia es escoger para posiciones de responsabilidad y relevancia a quienes muestran llamado y capacidad, pero desestimamos a infinidad de hermanos y hermanas en la fe que estarían gustosos de brindarnos colaboración, haciendo acopio de todo su esfuerzo para ayudarnos en el proceso de siembra de nuevas iglesias.

¿Sabía, por ejemplo, que según estudios serios sólo un 10% de los componentes de las iglesias está involucrado en el liderazgo?. Un 50% asegura que no está interesado en involucrarse en el trabajo, pero un 40% desearía una oportunidad. Ellos, justamente ellos que están desarrollando el ministerio de banca, son a quienes necesitamos utilizar.

¿Qué dice la Biblia? Que todos somos ministros, ¿lo recuerda? El apóstol Pedro asegura que “Pero ustedes son miembros de la familia de Dios, son sacerdotes al servicio del Rey, y son su pueblo. Dios mismo los sacó de la oscuridad del pecado, y los hizo entrar en su luz maravillosa. Por eso, anuncien las maravillas que Dios ha hecho. “ (1 Pedro 2:9, Traducción en Lenguaje Actual)

Si el propósito eterno de Dios ha sido que todos los creyentes se involucren en el ministerio, ¿qué prerrogativa tenemos nosotros para determinar quién es apto y quién no, a menos que Dios no lo muestre específicamente? Piense por un instante en quienes están ocupando un espacio, por mucho tiempo, en el ministerio de banca.

Alrededor tiene un buen número de ministros a quienes utilizar. Es cierto, hemos reafirmado una y otra vez que deben tener un llamamiento, pero el asunto es que tal vez muchos de los que están hoy inactivos desearían hacer el trabajo, pero no se les ha dado la oportunidad.

Recuerde que “Dios ha hecho a cada uno de nosotros únicos. Él tiene un propósito al crearnos de la manera que somos: nadie más puede hacer exactamente lo que yo puedo hacer.” (Julie A. Young. Revista Hechos. Volumen 30. Número 1-2006. Página 28) Y ese mismo Dios será quien utilice nuestras potencialidades para la extensión de Su Reino.

Enfóquese en desarrollar potencialidades

Como pastores, obreros y líderes tenemos la oportunidad de reconocer que todas las personas que se congregan, tienen dones, talentos y enormes potencialidades que debemos ayudarles a desarrollar. Dios los concibió como instrumentos valiosos en su Reino, valiosos y fundamentales, como las fichas de un enorme rompecabezas: “Pero Dios puso cada parte del cuerpo en donde quiso ponerla. Una sola parte del cuerpo no es todo el cuerpo. Y aunque las partes del cuerpo pueden ser muchas, el cuerpo es uno solo. El ojo no puede decirle a la mano: «No te necesito». Tampoco la cabeza puede decirle a los pies: «No los necesito». Al contrario, las partes que nos parecen más débiles, son las que más necesitamos.” (1 Corintios 12:18-22, Traducción en Lenguaje Actual)

¿Piensa que la siembra de nuevas iglesias es un esfuerzo de largo alcance? Sin duda que sí, pero si aprovecha las capacidades que Dios concedió a sus hijos, aquellos que están allí junto a usted en la congregación, encontrará una ayuda poderosa para desarrollar el trabajo.

Tenga presente que jamás nuestro amoroso Padre celestial tuvo en mente que los redimidos por la sangre de Jesús se quedaran inactivos, por el contrario, a través del apóstol Pablo nos instruyó que: “El cuerpo humano está compuesto de muchas partes, pero no todas ellas tienen la misma función. Algo parecido pasa con nosotros como iglesia: aunque somos muchos, todos juntos formamos el cuerpo de Cristo. Dios nos ha dado a todos diferentes capacidades, según lo que él quiso darle a cada uno. Por eso, si Dios nos autoriza para hablar en su nombre, hagámoslo como corresponde a un seguidor de Cristo. Si nos pone a servir a otros, sirvámosles bien. Si nos da la capacidad de enseñar, dediquémonos a enseñar. Si nos pide animar a los demás, debemos animarlos. Si de compartir nuestros bienes se trata, no seamos tacaños. Si debemos dirigir a los demás, pongamos en ello todo nuestro empeño. Y si nos toca ayudar a los necesitados, hagámoslo con alegría. Traducción en lenguaje actual.” (Romanos 12:4-8, Traducción en Lenguaje Actual)

Ahora, si entendemos que lo importante es hacer la obra conscientes que Dios la prosperará, y que nos rodearán hombres y mujeres redimidos pero que quizá están sentados, sin hacer nada porque no les hemos convocado, hay un tercer elemento que cabe resaltar aquí y es el factor de la perseverancia.

En cierta ocasión me escribió un ministro desde Argentina. Junto a su esposa estaba trabajando en la siembra de una nueva iglesia en un sector céntrico de Buenos Aires. Se reunía todos los martes con profesionales y empleados de oficinas cercanas, y estaban comenzando estudios bíblicos. Él mismo pensaba que, a partir de esa célula, podrían estructurar una nueva congregación; sin embargo, tiempo después— diría que alrededor de tres meses más tarde— me escribía preso de la desesperación y el desánimo. “Dios me dejó solo; hoy día son muy pocos los que se congregan.”, decía en uno de sus mensajes.

Olvidó rápidamente el factor de la perseverancia, sobre el que escribe el apóstol Pablo: “Así que no nos cansemos de hacer el bien. A su debido tiempo, cosecharemos numerosas bendiciones si no nos damos por vencidos.” (Gálatas 6:9, Nueva Traducción Viviente)

Dios no espera que renunciemos fácilmente, sino que por el contrario, sigamos adelante. Él nos guiará en el crecimiento de la membresía en la nueva obra; en la conformación del equipo de trabajo y en la persistencia, asegurando que esos proyectos que contribuyen a la extensión del Reino de Dios, tengan asegurada la sostenibilidad.

Pilares del equipo de trabajo

Entre las personas de su congregación, Dios confirmará quienes serán sus inmediatos colabores. Recuerde, posiblemente muchos de quienes serán claves en el proceso, quizá están ejerciendo el ministerio de banca, desaprovechando sus donas, talentos y habilidades.

Ahora, entre las personas que constituyen el grupo seleccionado para sembrar nuevas iglesias, es esencial que articule dos pilares: el primero, el equipo de intercesión , y el segundo, el equipo de evangelización y siembra.

Tenga presente que estructurar nuevos espacios de reunión de los creyentes debe ir de la mano con los períodos de oración. Si tenemos claro que será un trabajo de orden espiritual, como lo es la extensión del Reino, el clamor al Señor es un punto clave.

Recuerde lo que escribe el rey Salomón: “Es mejor ser dos que uno, porque ambos pueden ayudarse mutuamente a lograr el éxito. Si uno cae, el otro puede darle la mano y ayudarle; pero el que cae y está solo, ese sí que está en problemas.” (Eclesiastés 4:9, 10. Nueva Traducción Viviente)

Las oraciones que elevamos, juntos, tocan el corazón de Dios. Imagine cuánto podemos lograr si en la congregación brindamos respaldo a los sembradores de iglesias, y más, si hay un grupo específico brindando esa cobertura.

¿Por qué orar? Por todo el proceso, incluyendo tres etapas fundamentales: antes , durante y después.

La fase del antes incluye que pidamos por fortaleza y sabiduría para los obreros, que Dios los guarde de los ataques que libre en su contra el mundo de las tinieblas, que ponga al descubierto las potestades espirituales que dominan sobre la zona que evangelizaremos y, además, las estrategias a utilizar.

El segundo segmento lo constituye el durante , que comprende clamar por que las vendas espirituales caigan de los ojos de las personas a las que evangelizamos y, quienes hacia futuro, serán quienes se congreguen en la iglesia que estamos abriendo. También que, además que el Señor muestre lugar para las reuniones y que sume hombres y mujeres esforzados.

El tercer nivel de oración e intercesión a través de un grupo específico que desarrolle esa tarea, lo constituye el después. Aquí se ubica el proceso de afianzamiento de la nueva iglesia. Es un período esencial porque es cuando más ataques se recibirán del mundo de las tinieblas procurando que no se siga expandiendo el Reino de Dios.

Escrito por: Fernando Alexis Jiménez

Artículo Original: https://www.mensajerodelapalabra.com/site/?p=206


Publicado en: Escuela Bíblica Ministerial

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