¿Qué debo hacer para perdonar?

Perdonar nos permite disfrutar la vida plenamente

“Siento que las personas a mi alrededor, comenzando por mi cónyuge, me han causado mucho daño. Por momentos desearía que estuvieran muy lejos. El dolor que guardo en mi corazón es grande y reconozco que mis reacciones han causado heridas a las personas a las que amo. Me gustaría recibir un consejo.”

L.M.M., desde Montevideo, Uruguay

Respuesta:

Cuando evaluamos las heridas del alma, es necesario llegar a la conclusión de que muchísimas personas las enfrentan. No somos unos cuantos los que, en algún momento de la vida, experimentamos hechos traumáticos que se grabaron para siempre en nuestro corazón.

Ligado a este elemento hay otro: Las personas heridas dañan a otros y, al tiempo, se lastiman a sí mismas. Termina convirtiéndose en un ciclo que no parece terminar.

Puede que a primera vista una persona luzca muy equilibrada, pero generalmente puede albergar situaciones difíciles que han afectado su vida emocional. Incluso, debajo de toda persona difícil puede esconderse un ser herido. Si a este hecho le sumamos una baja autoestima de la persona, el panorama se complica mas.

¿Cómo tratar con alguien herido?

En primer lugar, un aspecto del cual es necesario tener claridad, está relacionado con la auto evaluación que debemos hacernos. ¿Estamos heridos? ¿Se nos dificulta perdonar? Avanzar en esos dos elementos no es algo que se logra de la noche a la mañana. Es un proceso. No podemos escapar a la realidad de que las heridas del alma deben ser sanadas, y no en nuestras fuerzas sino en las de Dios. Quien busca remedio inmediato, sencillamente está equivocado.

Si además, de reconocer y pedirle al Señor Jesús que sane nuestras heridas, nos toca compartir espacio sentimental con una pareja herida, o quizá los hijos, es necesario mirarlos más allá de la superficie. Entender que sus reacciones tienen un origen. Y sobre esa base, si el amor de Cristo mora en nosotros, debemos tratarle con comprensión y cierto margen de tolerancia.

Perdonar no es fácil

¿Ha pensado por un instante cuánto daño le puede estar causando la falta de perdón?  Si no es así, le invito para que haga un alto en el camino. Formúlese el interrogante. ¿Lo hizo? Ahora le invito a preguntarse: ¿Cuántas personas a su alrededor están en las prisiones del rencor, el odio y el resentimiento? Su existencia es un desastre. No disfrutan nada, en absoluto, porque todo cuando alcanzan— en el trabajo, en la iglesia o en la sociedad— se ve empañado por la rabia que carcome sus corazones.

Recuerdo el caso de un joven que odiaba a su padre desde la niñez. Por alguna razón estaba dolido y esas heridas, conforme pasaba el tiempo, se hacían más profundas. “Lo odio con todas mis fuerzas”, solía repetir y jamás prestó atención a quienes le llamaban a considerar que se trataba de su progenitor.

Un viernes en la noche, cuando el hombre regresaba a casa, sufrió un accidente. Un tracto camión arrolló el vehículo en que viajaba. En el funeral, el muchacho lloraba intensamente. Estaba inconsolable. “Jamás lo perdoné, ni le pedí perdón”, se lamentó cuando hablamos. ¡Tenía sobre sus hombros una pesada carga que se tornaba difícil de sobrellevar!

¿Todavía guarda rencor en su corazón?

Medite en su situación. ¿Guarda rencor hacia su cónyuge? ¿Quizá no soporta a sus hijos por algún error que cometieron? Y ¿qué de sus padres? ¿Les tiene en estima o guarda alguna molestia hacia ellos?

Probablemente todo el cúmulo de molestia hacia personas cercanas es producto de malinterpretar las cosas o de una excesiva susceptibilidad. O tal es contra usted que guardan resentimiento.

Cualquiera sea la situación, le invito a leer la siguiente la reflexión de un eminente conferencista cristiano de nuestro tiempo:

“La gente herida encontrará una ofensa donde no hay ninguna. Si usted sabe que no ha hecho nada malo, recuerde que no importa qué digan otros sobre usted, sino lo que usted crea sobre usted mismo. Puede disculparse por el dolor que sientan y tener compasión por su estado, pero no debe tomarlo como algo personal. Eso puede ser difícil incluso para una persona con una imagen saludable de sí misma, pero vale la pena el esfuerzo.” (John Maxwell. “Cómo ganarse a la gente”. Grupo Nelson Editores. 2012. EE.UU.  Pg. 35)

Un paso clave para no vivir atados al rencor y el odio, es hacer un listado de aquellas personas por quienes sentimos molestia. Se sorprenderá al conocer que muchas veces, en el listado, aparecerán miembros de su familia.

El segundo paso, es pedir a Dios la capacidad de perdonarlos. Decídase a hacerlo. Recuerde lo que enseñó nuestro amado Salvador Jesucristo: “Porque si perdonan a otros sus ofensas, también los perdonará a ustedes su Padre celestial.Pero si no perdonan a otros sus ofensas, tampoco su Padre les perdonará a ustedes las suyas.” (Mateo 6:14, 15. NVI).

Cuando nos decidimos a perdonar, somos libres. Es un proceso maravilloso que nos permite ver la vida con otros ojos, pero además, nos ayuda a dejar a un lado la pesada carga que hemos arrastrado o quizá pesa sobre nuestros hombros. ¿Es fácil? Puede que no si lo intentamos en nuestras fuerzas. Si por el contrario buscamos la ayuda del Señor Jesús, Él nos ayudará. Hágalo por su bien, el de su familia y el de quienes le rodean.

A propósito, si no ha recibido a Jesús como su Señor y Salvador, le invito para que lo haga ahora mismo. Le aseguro que no solo emprenderá una nueva vida sino que, además, disfrutará cada instante de su existencia.

La necesidad de perdonar a los seres amados

Una atribulada mujer me escribe desde Guerrero, en México, para referirme el dolor que le causa la infidelidad de su esposo. ¡Él cometió adulterio con una vecina hace catorce años! Le pidió perdón, decidió cambiar, en adelante fue un hombre de casa... Pero ella insistía en reprocharle su actitud en cada nueva discusión.

Por supuesto, esa actitud hacia su cónyuge se veía reflejada en su malestar permanente, el desánimo e incluso, en su vida espiritual.

Le respondí refiriéndole la necesidad de perdonar a su esposo y darse los dos una nueva oportunidad. Incluso le recordé un pasaje que tengo resaltado con color amarillo en mi vieja Biblia: “Y cuando estéis orando, perdonad, si tenéis algo contra alguno, para que también vuestro Padre que está en los cielos os perdone a vosotros vuestras ofensas.”  (Marcos 11:25. Reina-Valera 1960).

¿Se ha preguntado qué significa perdonar? Le invito a considerar la raíz de este término.  En el griego – perdonar— es afiemi y significa, entre otras cosas, dejar ir o abandonar. Esta es la misma palabra que se encuentra en Juan 4:28 y 1 Corintios 7:11.

Sobre esa base, perdonar es abandonar o dejar a un lado ese sentimiento destructivo; es lo que debemos hacer con cualquier sentimiento de rencor o venganza hacia quienes pecan contra nosotros, para que nuestros pecados sean perdonados después de la salvación inicial. En otras palabras, dejar que aquellas cosas se vayan. ¡No albergue amargura o un deseo de venganza contra aquellos que han pecado contra usted!

El afamado autor y conferencista, John Maxwell, escribe:

“La inclinación natural de muchas personas es contrarrestar el fuego con fuego, y el dolor con dolor. Sin embargo, desquitarse de una persona herida es como patear a un hombre caído. El estadista Sir Francis Bacon dijo: “Eso es cierto, que un hombre consumado por la venganza mantiene sus heridas frescas, las cuales de no ser así sanarían y a él le iría bien.” Si alguien estalla con rabia contra usted, lo mejor que puede hacer es perdonarle y seguir adelante.”(John Maxwell. “Cómo ganarse a la gente”. Grupo Nelson Editores. 2012. EE.UU.  Pg. 36)

Estamos llamados a perdonar, pero si aquél a quien hemos ofendido no nos quiere perdonar y en reiteradas ocasiones hemos intentado llegar a un clima de entendimiento sin mayores resultados, es tiempo de volver la mirada a Dios y pedirle que sane el corazón herido de quien dañamos con nuestras palabras o acciones.

Le aseguro que el Dios de poder en el que hemos creído, no solo ayudará en el proceso sino que traerá en nuestro mundo interior. ¡Hoy es el día para perdonar con ayuda del Señor Jesús!

A propósito: ¿Ya recibió a Jesucristo como su Señor y Salvador? Hoy es el día para que lo haga. Le aseguro que no se arrepentirá, y podrá emprender un nuevo camino de crecimiento personal y espiritual. ¡Tome la decisión hoy mismo!

Escrito por: Fernando Alexis Jiménez

Artículo Original: https://www.mensajerodelapalabra.com/site/?p=2158


Publicado en: Consejería Familiar

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