Preparando el hogar de nuestros hijos

Nuestros hijos probablemente replicarán nuestra actual modelo de familia

“Hay momentos en los que siento que voy a desmayar. Mis hijos tienen seis y trece años, respectivamente. Con mi cónyuge mantenemos diferencias, más aún de las que podría esperar. Sin embargo, cuando siento que voy a tirar la toalla, me levanto y en oración le pido fortaleza a Dios. No puedo negar, eso sí, que hay momentos en los que me pregunto: ¿PoR qué razón debería perseverar en mi relación de familia?”.

E.A.R., desde Bucaramanga, en Colombia.

Respuesta:

Cuando asumimos la tarea de edificar una familia sólida, sin pretenderlo pero como consecuencia directa, estamos sentando las bases del tipo de hogar que construirán nuestros hijos. Estamos influenciando en nuestros hijos y trazándoles la ruta de cómo deberán pensar y actuar en casa.

Ahora, comprometernos en esa labor no es fácil porque probablemente encontraremos luchas, enfrentaremos derrotas pero, a la par, disfrutaremos de las victorias que si las sabemos asumir, nos alentarán para seguir adelante.

Un ingrediente esencial es que revisemos el entorno familiar en el que fuimos edificados. Quizá podamos enumerar el cúmulo de fallas de nuestros progenitores. ¿Podemos repetirlos nosotros? Por cierto que no. Debemos evaluar las consecuencias que tuvieron esas fallas, generalmente en la forma como impactaron nuestras vidas, para fijarnos la tarea— con ayuda de Dios— de no repetirlos mismos patrones de conducta equivocados.

Nuestra meta debe ser edificar relaciones sólidas con nuestros hijos, brindarles confianza, tornarnos sus amigos para que ese clima de confianza que se deriva del acercamiento con ellos, nos permita conocer sus inquietudes y ayudarles a resolverlas.

Se ha preguntado: ¿Qué patrones de comportamiento aprendidos de sus padres está reflejando en la familia hoy? ¿Qué prácticas o costumbres conserva de ellos? ¿Qué podría corregir para que la relación familiar funcione, con ayuda del Señor Jesús?

Valore a su familia

Cuando aprendemos a valorar la relación en familia y se lo expresamos claramente al cónyuge y a los hijos, estamos sembrando las semillas para que ellos hagan lo mismo. No basta con sentir algo positivo hacia ellos, es necesario que se lo expresemos con palabras y con hechos.

Cuando leemos el Salmos 127 aprendemos que la familia es una bendición. Si sentimos que el cónyuge o los hijos son una carga, estamos limitando esas bendiciones. Si ponemos freno al llamado que tenemos de expresar el amor a nuestra familia, también estamos levantando barreras a esas bendiciones que el Señor tiene para nosotros (Cf. Salmos 37:30)

Es esencial que no solo sintamos algo por nuestro cónyuge e hijos sino que se lo expresemos. ¿Cómo se los demostramos? Cuando tomamos tiempo para escucharlos, les manifestamos comprensión, aceptamos las diferencias y no las miramos como un abismo, cuando les transmitimos alegría, les motivamos, valoramos sus sentimientos e ideas.

Puede que ahora no vemos gran avance, pero sin duda estaremos ejerciendo una influencia transformadora en el hogar. ¡Dios valora esa disposición de nuestro corazón!

¿Qué genera impedimentos y ahonda la brecha? Portarnos hostilmente con la familia. Criticarles, no mostrarles afecto, expresarles indiferencia, estar a la defensiva cuando nos hablan, manifestar autoritarismo o quizá machismo— en el caso de los esposos —, hablar mal de nuestros familiares cercanos cuando tenemos alguna diferencia con ellos, evidenciar frialdad y desinterés con ellos, no perdonarles, asumir un comportamiento intimidatorio y reaccionar con agresividad.

Es importante que periódicamente hagamos un alto en el camino y evaluemos cómo es nuestro comportamiento a nivel familiar de cara a aplicar correctivos oportunos y sostenibles en el tiempo, es decir, duraderos, aplicando el principio de la perseverancia.

Cambios necesarios

Hacer un alto en el camino implica perdonar y pedir perdón a nuestra familia (1 Juan 2.9-11). Recuerde que el trato que damos a la pareja y a los hijos, contribuye a edificarlos o les hiere emocionalmente. Les prepara para enfrentar situaciones difíciles de la vida o les genera inseguridad (Cf. Efesios 6:4; Colosenses 3.21)

En todo este proceso —que vale la pena emprender y perseverar en el intento— de edificar familias sólidas con ayuda de Dios, debemos aprender a controlar nuestras reacciones. Recuerde que una palabra inapropiada genera heridas, destruye, edifica barreras en las relaciones interpersonales (Leer Santiago 1:20; Efesios 4:26, 27).

Le invito a considerar lo que enseña Gary Smalley:

“Cuando buscamos el perdón de aquellos a los que hemos causado daño, los libramos de las sogas opresoras que cortan la circulación de la vida. También nos liberamos a nosotros, desatando los nudos que nos tienen cautivos.”(Gary Smalley. “El hombre y su familia”. Libro “Siga hacia la meta”. Editorial Unilit. 2010. EE.UU. Pg. 159)

No se de por vencido en la tarea de edificar una familia sólida. Es un trabajo que comienza cuando sabemos valorar a nuestro cónyuge y dar amor a nuestros hijos (1 Pedro 3.7) ¡Es tiempo de comenzar!

Por último una recomendación: ¿Ya recibió a Jesucristo? Si no es así, es tiempo de hacerlo. Ábrale las puertas de su corazón al Hijo de Dios. Él traerá transformación a todo su ser...

Escrito por: Fernando Alexis Jiménez

Artículo Original: https://www.mensajerodelapalabra.com/site/?p=1636


Publicado en: Consejería Familiar

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