¿Por qué seguir acusándose por un pasado pecaminoso?

(Lección 5 – Nivel 5)

Si Dios nos perdonó, no hay razón para seguir culpándonos

Anduvo muchos meses con un cartel. Pendía de su cuello. Era de cartón. Las letras escritas con pintura roja. Mal diseñado en su conjunto. El mensaje, demoledor. “Soy un ladrón”, decía. Las personas que pasaban a su lado se quedaban mirándolo. Algunos murmuraban. Otros bajaban la mirada.

Fue el castigo de un juez, en un remoto pueblo de México. Consideraba que era el único camino para corregir al hombre, amigo de lo ajeno de tiempo atrás.

Nunca cambió porque, aunque quería dejar de robar, argumentaba que una fuerza poderosa lo arrastraba a delinquir —, relató una comadrona del caserío a quien entrevistaron.

No se volvió a saber de él un día cualquiera. Se especula que se fue a otra provincia; hay quienes dicen que pasó a mejor vida cuando alguien lo sorprendió robando en el patio de su casa. La verdad nunca se supo.

Un pecador con un letrero en su frente

Traslademos la imagen de ese caso de la vida real a nuestra existencia. Usted y yo hemos sido pecadores, por años. Si nos atuviéramos a la Ley contenida en el Antiguo Testamento, hace tiempo deberíamos haber muerto, quizá apedreados.

Y aunque Dios nos perdonó (Cf. Miqueas 7:18, 19), nos empecinamos en portar el cartel con todas nuestras trasgresiones. Fuimos perdonados y lavados por el Padre de la maldad en la que incurrimos otrora, pero quienes no creemos esa obra maravillosa, somos nosotros.

No obstante nuestras trasgresiones a los mandamientos de Dios, Él fue amoroso y gracias a la obra del Señor Jesús en la cruz, trajo perdón.

El apóstol Pablo dice que “…Dios mostró el gran amor que nos tiene al enviar a Cristo a morir por nosotros cuando todavía éramos pecadores.” (Romanos 5:8)

Quienes debíamos morir éramos usted y yo, pero Jesús tomó nuestro lugar.

Probablemente me dirá: “Eso ya lo sé hace mucho tiempo”. De acuerdo. Entonces, ¿por qué arrastra esa culpabilidad en su existencia, que le impide crecer?

No debería ser así, porque nuestra naturaleza quedó clavada en la cruz, como advierte el autor bíblico:

“Sabemos que nuestro antiguo ser pecaminoso fue crucificado con Cristo para que el pecado perdiera su poder en nuestra vida. Ya no somos esclavos del pecado.” (Romanos 6:6)

Ya el pecado no puede gobernar nuestra existencia porque Cristo venció. No hay razón para seguir acusándonos por los errores del ayer. Tampoco para seguir atados a la mundanalidad.

Aunque la carne pretenda arrastrarnos a la pecaminosidad, podemos prendernos de la mano de Jesús el Señor y reclamar nuestra victoria, porque el pecado no tiene gobierno. Es cosa del pasado.

Muertos al pecado

Por años Fabio se consideró esclavo del licor. Iba a la iglesia, pero retornaba al alcohol. Cuando leyó las Escrituras, Dios le reveló que era libre. No había razón para seguir atado a ninguna cadena.

El apóstol Pablo plantea la situación en los siguientes términos: “Así también ustedes deberían considerarse muertos al poder del pecado y vivos para Dios por medio de Cristo Jesús.” (Romanos 6: 11)

Si vivimos para Dios, todo cuanto hagamos está enfocado en esa dirección. Podemos declarar que el pecado ya no podrá vencernos. Es una decisión que tomamos: permitir que el Señor gobierne sobre nuestros pensamientos y acciones, y en ese camino, sobreponernos porque ya no somos débiles.

Dios no nos obliga. Estamos en libertad de asumir que la maldad no tiene gobierno en nuestro ser. Cabe aquí citar nuevamente a Pablo cuando escribe: “Pues vivimos por lo que creemos y no por lo que vemos.” (2 Corintios 5:7)

La fe es fundamental. Creer. Declarar. Ya no somos esclavos del pecado, sino del Señor, de nuestro amado Cristo. Él nos concede la capacidad para vencer y la fortaleza para perseverar.

Dios lo hace posible no por méritos propios sino por su infinito amor, como enseña el apóstol Juan: “Pues Dios amó tanto al mundo que dio  a su único Hijo, para que todo el que crea en él no se pierda, sino que tenga vida eterna.” (Juan 3:16)

Observe nuevamente la importancia de creer. Somos hijos de Dios, por tanto, vencedores. Es una realidad. No obstante, quienes debemos creerla somos usted y yo. Es algo que debemos afirmar en nuestro corazón.

No hay razón para seguir flagelándonos por los pecados del ayer. Ya Dios nos perdonó. Lo que debemos hacer hoy es caminar conforme a Su voluntad, andando cada día tomados de Su mano. Él nos lleva a vencer el pecado y a movernos en victoria en todas las áreas de nuestra vida.

Preguntas para auto evaluar su avance como Discípulo de Jesús:

Le invitamos esta semana a repasar la Lección y responder los siguientes interrogantes, que le ayudarán a profundizar en las enseñanzas y a tornarlas prácticas en su vida diaria:

a.- Frente a nuestra vida de pecados, ¿qué hizo Dios para mostrarnos su amor y misericordia (Romanos 5:8)?

b.- De acuerdo con las Escrituras, ¿qué hizo el Señor Jesús en la cruz con nuestra naturaleza pecadora (Romanos 6:6)?

c.- ¿Cuál es la razón para afirmar que el pecado ya no tiene gobierno en nuestro ser?

d.- En su vida, ¿encuentra alguna razón para auto acusarse por los errores del ayer?

e.- ¿Por qué podemos hoy reclamar nuestra victoria sobre el pecado?

f.- En consonancia con la Palabra de Dios, ¿cómo dice el apóstol Pablo que debemos considerarnos (Romanos 6: 11)?

g.- ¿Qué papel juega el creer en el proceso de vencer el pecado (2 Corintios 5:7)?

h.- ¿Depende usted de Dios para vencer su inclinación al pecado?

Escrito por: Fernando Alexis Jiménez

Artículo Original: https://www.mensajerodelapalabra.com/site/?p=8928


Publicado en: Escuela de Discipulado

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