La importancia de ayudar a la familia, siempre y en toda circunstancia

(Cimentación familiar – Cap. 10)

En toda circunstancia debemos brindar ayuda a los miembros de nuestra familia

Iba con ilusión. Se había preparado durante meses. Es más, cuando llegó a Barcelona para participar de los Juegos Olímpicos de 1992, tenía la firme convicción de que regresaría a su país con un reconocimiento. No era pretensioso, pero una presea compensaría su duro esfuerzo.

Sin embargo, Derek Anthony Redmond no ganó ninguna medalla. No obstante, lo que ocurrió allí, mientras corría una maratón, marcó un antes y un después en la vida de millares de personas en todo el mundo.

Derek irrumpió con fuerza en el atletismo británico a los 19 años cuando batió el récord nacional en 400 metros lisos. Fue en 1985. En los Olímpicos de Seúl, ganó el oro en la prueba de relevos 4×400 con su país. En adelante su carrera fue exitosa, por doquiera que iba.

Lo que trajo un cambio a su vida de deportista fue un súbito dolor en el tendón de Aquiles. Dejó de entrenar antes de los Juegos de Barcelona, esperando con desesperación que su cuerpo curara.

Fue intervenido quirúrgicamente en cinco ocasiones. Un doloroso proceso, sin duda. Sin embargo, siempre tuvo a su lado a su padre, Jim Redmond, su mejor amigo y su sombra dondequiera que fuera.

Y él estuvo a su lado el 3 de agosto de 1992. Ese día Derek Anthony participaba en la semifinal. Padre e hijo sabían por todo lo que habían pasado hasta llegar ahí. Sabían de lo que era capaz el joven. Sabían que iba a conseguirlo.

Pero, a poco menos de doscientos metros para la meta, Derek siente un chasquido en su pierna derecha, seguido de una explosión de dolor. Se echa la mano a la parte trasera de su muslo, respingando penosamente mientras todos los rivales lo adelantan.

En la gradería, a Jim se le vino el mundo abajo. No podía creer lo que estaba sucediendo. Su hijo estaba viviendo una situación difícil. Y finalmente cayó al suelo, preso del dolor.

Su padre saltó de su asiento y corrió gradas abajo y logró saltar a la pista. Los guardas trataron de detenerlo, pero en ese momento nada ni nadie podrían pararlo.

Ayudó a levantar al joven atleta y avanzó hacia la meta, paso a paso. Los asistentes al evento deportivo no salían de su asombro. Finalmente se levantaron de sus sillas y prorrumpieron en aplausos. Llegaron a la meta unidos, como padre e hijo, invencibles.

El hombre declaró a la prensa: «Soy el padre más orgulloso del mundo. Estoy más orgulloso de él de lo que lo estaría si hubiera ganado el oro. Hace falta tener muchas agallas para hacer lo que ha hecho».

Por supuesto, esa sería la última carrera de Derek Redmond. Un cirujano dictaminó que no podría volver a competir.

Hoy Derek tiene 48 años y dicta conferencias de motivación en todo el mundo. Contagia a sus oyentes con la vitalidad, fuerza y decisión que acompaña todo cuanto hace.

¿Está ayudando a su familia?

La historia del atleta Derek Anthony y de su padre, Jim, es emocionante. No hay duda que marcó un ejemplo para todo el mundo.

Al leerla cabe preguntar. ¿Ayuda a su familia? ¿Sabe que muchos de los traumas que enfrentan nuestras relaciones conyugales e incluso, de nuestros hijos, obedecen a que matamos los sueños, los talentos y las posibilidades cuando apenas están naciendo?

Hay un poderoso principio que escribió el apóstol Pablo y que cada quien interpreta a su manera, a su conveniencia.

Lo comparto con usted, aunque estoy seguro que lo ha leído muchas veces:

“Ordena también estas cosas, para que sean irreprochables. Pero si alguno no provee para los suyos, y especialmente para los de su casa, ha negado la fe y es peor que un incrédulo. Que la viuda sea puesta en la lista sólo si no es menor de sesenta años, habiendo sido la esposa de un solo marido,…” (1 Timoteo 5:7-9. La Biblia de Las Américas)

Y digo que aplicamos este pasaje como queremos, porque se espiritualiza tanto en la mayoría de los círculos cristianos, que se despoja de la gran responsabilidad que proclama: ayudar a la familia y a quienes están cercanos a nuestra vida.

Hace algún tiempo el investigador, Juan Carlos Kusnetzoff, hablando a la prensa en Argentina, lamentó el grado de insensibilidad que prevalece en las personas hoy, que es alarmante.

Con su opinión se identifican sinnúmero de especialistas. Hemos llegado progresivamente a un grado de insensibilidad tal, que nos preocupa poco todo lo que rodea a nuestro cónyuge, hijos, padres, hermanos y así sucesivamente, incluyendo a quienes nos rodean en el desenvolvimiento cotidiano.

Retomando a Pablo: Proveer

El mayor número de quejas que escucho con frecuencia de esposas e hijos desalentados de la vida, es el olvido en el que les tiene relegados el esposo, y el padre.

Todo cayó en un círculo de rutina que me preocupa. Carlos llega a casa, después de un día intenso de trabajo, y por lo único que se preocupa es por la cena y la televisión. Jamás pregunta cómo me fue a mí en el día.”, se quejaba una ama de casa que estaba pensando incluso en el divorcio, como salida a la crisis por la que atravesaba su relación.

Un joven inmerso en las drogas, a quien atendí en un centro de rehabilitación en cuya junta directiva participo, atribuía su calamitosa situación al olvido en el que lo sumió su progenitor.

No puedo negar que proveía todo lo económico, pero podría decirle que nunca se preocupó de cómo estaba yo o de cómo me sentía”, dijo.

La situación era tan evidente que el padre sólo lo visitó en dos ocasiones, en los nueve meses que el muchacho estuvo sometido a un programa terapéutico.

Pongámosle la lupa de la familia al texto de Pablo. Léamoslo de nuevo: “Pero si alguno no provee para los suyos, y especialmente para los de su casa, ha negado la fe y es peor que un incrédulo

Es evidente que si solamente nos movemos alrededor de lo económico, habremos perdido lo más maravilloso en la experiencia de ver crecer a cada uno de nuestros hijos.

¿Recuerda cuando dio sus primeros pasos? ¿Lo acompañó al colegio cuando ingresó al kínder? ¿Tomó tiempo para jugar con sus hijos al menos un domingo en la tarde? ¿Cuánto tiempo invirtió en ayudarle a realizar sus deberes escolares?

Es importante que hagamos un alto en el camino. ¿Hasta qué punto hemos sido partícipes en el proceso de crecimiento y afianzamiento físico y emocional de nuestros hijos? Si descubrimos que hay falencias, es tiempo de aplicar correctivos.

Por supuesto, no podemos devolver el tiempo, pero si podemos pedir perdón a nuestros chicos y chicas por el mal que le causamos en su niñez, adolescencia y período de juventud al dejarlos solos, al no prestarles atención, al no brindarles ayuda. De la mano con esta decisión, trabajar con ellos en resarcir el dolor causado. Hay muchas formas de hacerlo, y una de ellas es apoyarlos a partir de este momento.

¿Y en la vida conyugal?

Cuando usted estaba viviendo la maravillosa experiencia del noviazgo, lo más probable es que escuchara a su pareja expresar sus sueños y metas.

La joven quizá quería terminar los estudios y cursar una carrera profesional. El joven, a su turno, deseaba ahorrar para comprar una casa, o tal vez viajar o invertir en algo que siempre le ha apasionado.

¿Dónde quedaron esos anhelos? Permítame decírselo: en el olvido. Lo grave del asunto es que esa decisión de arrojar las expectativas por la borda, o guardarlas en el baúl de los recuerdos, genera heridas que permanecen en el tiempo.

Le invito a considerar lo que dicen las Escrituras: “Uno solo puede ser vencido, pero dos pueden resistir. ¡La cuerda de tres hilos no se rompe fácilmente!” (Eclesiastés 4.12. NVI)

De permanecer unidos, moviéndonos en una misma dirección, acoplados en el propósito de ayudar a nuestro cónyuge en el objetivo de cumplir sus sueños, estaríamos dando un paso significativo para tornar enriquecedora la relación y, además, permitir la realización plena de la persona que amamos y que permanece a nuestro lado como esposo o esposa.

Dios espera que le demos lo mejor a nuestra familia

Si le preguntáramos a Dios qué espera de nosotros como padres, le diría que su anhelo es que cumplamos a cabalidad nuestro papel protagónico en el hogar, y que demos lo mejor de nosotros.

En alguna ocasión el Señor Jesús, al compartir una parábola, dijo a quienes le escuchaban: “Pues si vosotros, siendo malos, sabéis dar buenas dádivas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre que está en los cielos dará cosas buenas a los que le piden?” (Mateo 7:11. La Biblia de Las Américas)

Le invito a considerar el texto con detenimiento. Dice: Si vosotros, siendo malos, sabéis dar buenas dádivas a vuestros hijos...

Sin duda, lo que espera el Señor de nosotros es que seamos muy especiales con nuestra familia. No podemos ampararnos en que tuvimos una niñez o adolescencia difíciles, para prodigarles la misma situación. Estamos llamados a cambiar. A ser diferentes. Nuestra familia es muy valiosa y, en esa dirección, nuestros pensamientos y acciones hacia ellos deben estar revestidos de excelencia.

Ayudar es estar dispuestos

Ayudar a nuestra familia no es otra cosa que estar dispuestos para ellos— nuestro cónyuge e hijos— en todo momento y bajo toda circunstancia.

Si estamos ausentes, esa sensación que les produce de que les dejamos solos, temprano o tarde traerá sus consecuencias.

Un buen consejo en el propósito que le asiste de ser artífice en el proceso de transformación de su hogar y en la meta de edificar una familia sólida, se encamina a que tome tiempo para hablar con su pareja y con sus hijos. Pregúnteles: ¿En qué crees que te puedo ayudar?

Esa pregunta marcará la diferencia en las relaciones, y cobrará mayor importancia, si sumamos acciones concretas, ayuda oportuna cuando lo necesitan.

No olvide orar por su familia. Hágalo siempre. Llévelos a la presencia de Dios cuando clame al Padre. Es una de las prioridades que deben ocupar su agenda diaria, así como la decisión de ayudarlos en todo lo que necesiten y que esté a su alcance… Decídase hoy por una familia sólida

Escrito por: Fernando Alexis Jiménez

Artículo Original: https://www.mensajerodelapalabra.com/site/?p=8197


Publicado en: Libros Electrónicos

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