Hablar mal del cónyuge ante los hijos, ¿cómo perjudica?

No debemos predisponer a los hijos contra sus padres

“A veces no se para qué haberme casado. Es el tipo de decisiones que me cuestiono. Uno no puede pasar los días haciéndose daño. Pero bueno, ya me divorcié. Hace tres años. Mi hijo de nueve años ha sido mi compañía. Le he contado la verdad y el ahora sabe qué tipo de padre tiene. Lo que me inquieta es que si bien él ya no se deja convencer por su papá, los fines de semana, cada quince días y cuando deben pasar el fin de semana juntos, se hace el enfermo. Le insisto, pero no quiere, definitivamente. ¿Qué debo hacer? Personalmente no quiero que esa relación se dañe, porque al fin y al cabo, él es el progenitor.”

L.M.C. desde Ciudad del Carmen, en Bélice

Respuesta:

Uno de los más grandes errores en que se puede incurrir apenas se produce una separación, es que el cónyuge a cargo de los hijos, tome ventaja del otro mediante una estrategia de desprestigio que a la postre, acarrea consecuencias perjudiciales para todos.

¿Cuáles son las motivaciones para asumir esta actitud? Generalmente nacen del corazón de quien se siente traicionado, por hacer prevalecer su razón de que lo mejor fue la separación. También tomar venganza cuando se recuerdan incidentes de pareja que resultaron traumáticos, o como producto del resentimiento.

Una de las frases para justificar el por qué lo hacen es: “Mis hijos tienen que conocer quién es su padre o su madre”, “No quiero que mis hijos sean la fiel copia de quien me abandono; voy a advertirles para que no caigan en lo mismo”. A partir de allí descargan toda su artillería de ataques que además de dañar la imagen de quien fuera su cónyuge, traslada el resentimiento a los hijos que no tienen nada que ver en el enfrentamiento.

En Consejería Pastoral se conoce este proceder como Síndrome de Alienación Parental, que no es otra cosa que establecer una plataforma emocional en los hijos para justificar el por qué del divorcio.

Las palabras y comentarios finalmente terminan ejerciendo influencia en ellos y les traslada a un estado emocional en el que resultan privados de la sensación de bienestar y tranquilidad que debe acompañar su proceso de crecimiento.

Reacción de los hijos

Ante la concatenación de comentarios negativos de quien es su padre o madre y que ahora no están en el hogar, los hijos se sienten literalmente presionados a “escoger” quien tiene la razón o con cual de los dos se quedan.

Esto por supuesto afecta la autoestima en los pequeños, quienes se ven obligados por las circunstancias a dividir su “lealtad” bien sea a favor del padre o de la madre. Asociado a este proceso, el cónyuge infamado pierde credibilidad y como consecuencia, el propio hijo o hija llegan a albergar sentimientos de culpa frente a la situación que viven sus padres, que condujo a la separación.

¿Hay algo que hacer?

Cuando se ha procedido así con los hijos, el daño puede tener largo alcance y para ser sinceros, puede resultar difícil de reparar; no obstante, es importante que quien generó la campaña de desprestigio hacia el otro, reconozca su error.

Un segundo paso es contarles a los hijos la verdad “verdadera”, sin entrar a justificarse. Hay que tener siempre en cuenta que no podemos aprovechar la ausencia de quien fuera nuestra pareja para direccionarle ataques. Además, los problemas de pareja no deben trasladarse a la relación padres-hijos, porque se crea un ambiente malsano que les causa un impacto sicológico enorme.

Recuerde siempre cuatro principios que son esenciales, no solo para la relación intrafamiliar sino para dar solidez a sus relaciones interpersonales:

1.- No está bien dañar la imagen de los demás

Trátese o no de su cónyuge, la Biblia nos enseña que no está bien dañar su imagen, por mucha rabia que tengamos en el momento o que haya anidado en el corazón. Recuerde que “Vale más la buena fama que las muchas riquezas, y más que oro y plata, la buena reputación.” (Proverbios 22:1, Nueva Versión Internacional)

2.- Un principio para llegar a un arreglo es reconocer errores

Quien no reconoce sus errores siempre tendrá problemas de relaciones interpersonales. Es un principio ineludible. Afincarnos en nuestra verdad, no es bueno y por el contrario, alimenta el orgullo y la arrogancia que no honran ni glorifican al Señor. “El Señor derriba la casa de los soberbios, pero mantiene intactos los linderos de las viudas.” (Proverbios 25:15, Nueva Versión Internacional)

3.- Es necesario medir cuidadosamente nuestras palabras

Cuando hablamos sin medir las consecuencias, generalmente nos granjeamos problemas y ¡Tremendos! Si decidiéramos callar antes que decir cosas a la ligera, nos ahorraríamos muchísimos dolores de cabeza. ¿Cuál es la salida? Pensar. No una vez, sino muchísimas veces en cuanto vamos a decir: “El corazón del justo medita sus respuestas, pero la boca del malvado rebosa de maldad.” (Proverbios 15:28)

4.- Propiciar destrucción a los demás afecta nuestras oraciones

Cuando hablamos de los demás y, de manera orgullosa, propiciamos dificultades con el cónyuge— incluso, con las demás personas — no hacemos otra cosa que construir una barrera que afecta nuestras oraciones. Lo aconsejable es mantener el equilibrio, que a su vez nos permite tener una buena relación con Dios. “El Señor se mantiene lejos de los impíos, pero escucha las oraciones de los justos. ” (Proverbios 15.29, Nueva Versión Internacional)

Todos los seres estamos llamados a realizar un auto evaluación de nuestras actuaciones. Si descubrimos fallas, con ayuda de Dios, disponernos a corregirlas. En adelante, en lo que respecta a sus hijos, cuide de destruir la imagen de su ex esposo. Por el contrario, si debe hacer un comentario delante de sus hijos, que sea positivo y ponga de relieve los elementos, que sin duda son significativos, en la relación que compartieron como pareja.

Escrito por: Fernando Alexis Jiménez

Artículo Original: https://www.mensajerodelapalabra.com/site/?p=7742


Publicado en: Consejería Familiar

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