¿Está bien la confesión de nuestros pecados a otra persona?

Nuestros pecados los confesamos a Dios

“Tengo dieciocho años.  Recién comencé en la universidad. Todo es novedoso, como comprenderá. Pero más aún las enseñanzas de un grupo cristiano evangélico que se reúne los viernes, al final de la tarde, en una de las aulas. Llegué allí por casualidad.  Todo me ha parecido muy especial. He aprendido de ellos. Lo que no comparto — definitivamente— es que no tengan un confesor. ¿Por qué no habría de acudir al sacerdote de mi parroquia? No encuentro nada de malo porque al fin y al cabo él es un ministro de Dios.”

H.H.M. desde Ciudad Bolívar, en Venezuela.

Respuesta:

De suma importancia la búsqueda de Dios. En este caso a través de la célula universitaria a la que asiste. No obstante es necesario evaluar que los principios espirituales que le han movido hasta el momento, quizá no son los más apropiados. Un ejemplo es el asunto de la confesión.

Para recibir el perdón de Dios es fundamental que reconozcamos la obra del Señor Jesús en la cruz, quien murió para que los pecados nuestros quedaran borrados y fueran arrojados a lo profundo del mar, es decir, que el Padre celestial jamás volviera a tomar cuenta de ellos.

El apóstol Pablo explicó el asunto en Jerusalén cuando un grupo de personas creyó al Evangelio y le preguntaron qué debían hacer ahora. Él hizo énfasis en una actitud sincera de arrepentimiento. De nada sirve ir donde un supuesto confesor en procura de que “absuelva” los pecados si tal absolución no tiene validez delante del Señor.

Sería tanto como salir conduciendo por la ciudad amparados en una licencia de tránsito falsificada. Una vez lo hace detener un agente, comprobará con la autoridad que reviste su cargo, la invalidez de su documento. Igual si usted confiesa a alguien que al igual que usted y yo pecamos, todas sus trasgresiones. ¿Tendrá validez? Sin duda que no por que es a Dios a quien debemos confesárselos.

Además, arrepentirse implica tres elementos que vale la pena considerar: el primero, la decisión radical de no incurrir de nuevo en lo mismo; el segundo, desprendernos de la mundanalidad que nos tienta a caer en el mismo error y, el tercero, reflexionar en el hecho de que nuestro amado Hacedor nos está ofreciendo una nueva oportunidad.

Arrepentimiento sincero

En el idioma griego “arrepentirse” vertido a nuestro lenguaje significa “volverse de”. El término aparece en Hechos 2:38 pero también en Apocalipsis  2:5 en donde leemos: Por tanto, recuerda de dónde has caído. ¡Arrepiéntete!, y vuelve a las primeras obras. Si no te arrepientes, vendré a ti, y quitaré tu candelabro de su lugar.” El Señor Jesús se estaba dirigiendo a la Iglesia de Éfeso y les reconvenía amorosamente a tomar cuidado de la serie de pecados en los que habían caído y que estaban desencadenando un peligroso revés espiritual.

El arrepentimiento, entonces, es la antesala del perdón. Luego viene el que vayamos a Dios en procura de su misericordia. En cierta ocasión un hombre que encerraba sentimientos perversos y confundía los asuntos santos con las manipulaciones humanas, les pidió a Pedro y a Juan que le diera el poder que tenían para imponer las manos, con lo cual los creyentes recibían el Espíritu Santo. A cambio les ofreció dinero.

Pedro le dijo: “Arrepiéntete de esta maldad, y ruega a Dios. Quizá te sea perdonado el pensamiento de tu corazón”. (Hechos 8:22). Observe que el perdón es una prerrogativa de nuestro Padre celestial, no de los hombres.

¿Por qué razón? Porque gracias al sacrificio redentor de Jesucristo en la cruz, fuimos hechos justos delante del Padre. Ya no nos mira como pecadores sino como sus hijos amados.

En el Señor Jesús fuimos hechos justos

Una bella descripción de lo que hizo el Salvador y Señor nuestro, la escribió Pablo en la carta a los cristianos de Roma: “...la justicia de Dios, por medio de Jesucristo, por la fe, para todos los que creen en él, por cuanto todos pecaron y han caído de la gloria de Dios, pero son justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención realizada por Cristo Jesús; a quien Dios puso como medio de perdón, por la fe en su sangre, para demostrar su justicia, al haber pasado por alto, en su paciencia, los pecados pasados...” (Romanos 3:22-25).

Usted puede acercarse al Creador con toda confianza. Sepa que obtendrá el perdón. Él lo hace por el sacrificio de Cristo. Usted no tiene que hacer esfuerzos humanos ni pagar “penitencias” en procura de que sean limpiados de su existencia los errores. El Maestro ya pagó por usted.

Comprendo que todo proviene del trasfondo religioso que le acompaña como católico, sin embargo es importante que siga auscultando en las Escrituras para descubrir la verdad  en torno a muchos temas, entre ellos, la invalidez de acudir a un confesor humano para que nos absuelva de los pecados.

Escrito por: Fernando Alexis Jiménez

Artículo Original: https://www.mensajerodelapalabra.com/site/?p=2031


Publicado en: Consejería Familiar

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