En Cristo somos más que vencedores

Por muerte y resurrección de Cristo somos hoy vencedores

Lectura Bíblica: Lucas 24; 2 Timoteo 2:8

Mensaje compartido por Charles Spurgeon el 9 de abril de 1882 en la Iglesia “Tabernáculo Metropolitano”, Newington, Londres.

Como resultado de una prolongada enfermedad, mi mente es apenas capaz de realizar la tarea que tengo ante mí. En verdad, si alguna vez yo hubiese pretendido la brillantez del pensamiento o del lenguaje, habría fracasado el día de hoy, pues me encuentro casi en el grado supremo de incapacidad. Ante el pensamiento de predicarles esta mañana, únicamente he sido reconfortado por la reflexión de que Dios bendice la propia doctrina, y no la forma en la que pueda ser expresada, pues si Dios hubiese hecho que el poder dependiese del predicador y de su estilo, habría decidido que la resurrección, la mayor de todas las verdades, debería ser proclamada por ángeles y no por hombres. Sin embargo, hizo a un lado al serafín por una criatura más humilde. Después de que los ángeles dijeron una palabra o dos a las mujeres, su testimonio cesó.

El más prominente testimonio de la resurrección del Señor fue inicialmente el de las santas mujeres, y después fue el de cada uno de los sencillos hombres y mujeres que formaban el grupo de quinientas o más personas que tuvieron el privilegio de haber visto de hecho al Salvador resucitado, y que, por tanto, podían dar testimonio de lo que habían visto, aunque hubiesen sido bastante incapaces de describir con elocuencia lo que habían contemplado.

No tengo nada que decir acerca de la resurrección de nuestro Señor, y los ministros de Dios no tienen tampoco nada que decir, más allá de dar testimonio del hecho de que Jesucristo, de la simiente de David, resucitó de los muertos. Aunque lo convirtieran en poesía, aunque lo declararan en el sublime verso de Milton, vendría a ser lo mismo; aunque lo proclamaran en monosílabos, y lo escribieran de tal manera que los niñitos pudieran leerlo en sus primeros abecedarios, se reduciría a lo mismo.

El poder de la resurrección

"Ha resucitado el Señor verdaderamente” es la suma y sustancia de nuestro testimonio, cuando hablamos de nuestro Redentor resucitado. Basta con que sepamos la verdad de esta resurrección, y que sintamos su poder, para que el modo de nuestra predicación sea de una trascendencia secundaria, pues el Espíritu Santo dará testimonio de la verdad, y hará que produzca fruto en las mentes de nuestros oyentes.

Nuestro presente texto se encuentra en la segunda carta de Pablo a Timoteo. El venerable ministro está ansioso por el joven que ha predicado con éxito notable, y a quien considera de algún modo como su sucesor. El anciano está a punto de abandonar el cuerpo, y tiene el propósito de que su hijo en el Evangelio predique la misma verdad que su padre ha predicado, y de que no adultere en modo alguno el Evangelio.

En los días de Timoteo se había manifestado una tendencia, -que por lo demás existe en estos precisos tiempos- de tratar de apartarse de las simples realidades sobre las que está construida nuestra religión, para ocuparse de cosas más filosóficas y difíciles de entender. La palabra que la gente común acogió con alegría, no es lo suficientemente refinada para los sabios ilustrados y, por tanto, deben recubrirla con una niebla de pensamiento y de especulación humanos.

Tres o cuatro hechos simples constituyen el Evangelio, según lo expone Pablo en el capítulo quince de su primera Epístola a los Corintios: “Porque primeramente os he enseñado lo que asimismo recibí: Que Cristo murió por nuestros pecados, conforme a las Escrituras; y que fue sepultado, y que resucitó al tercer día, conforme a las Escrituras." Nuestra salvación depende de la encarnación, vida, muerte y resurrección de Jesús.

El que cree rectamente en estas verdades, ha creído en el Evangelio, y creyendo en el Evangelio, encontrará en él, sin duda alguna, la salvación eterna.

Pero los hombres buscan cosas novedosas; no pueden tolerar que la trompeta emita el mismo sonido inevitable; ellos ansían cada día alguna novedosa fantasía musical. “El Evangelio con variaciones", esa es la música para ellos.

Dicen que el intelecto es progresivo; por tanto, han de marchar por delante de sus antecesores. La Deidad encarnada, una vida santa, una muerte expiatoria, y una resurrección literal, todos estos son temas de los que ya han oído durante cerca de diecinueve siglos, y por tanto, se han vuelto un poco rancios, y la mente cultivada tiene hambre de un cambio del anticuado maná.

Una nueva vida llena de plenitud

Esta tendencia era manifiesta incluso en los días de Pablo, y así, decidieron considerar los hechos como misterios o parábolas, y se esforzaron por encontrar un significado espiritual en esos hechos, pero fueron tan lejos, que llegaron a negarlos como hechos reales. En la búsqueda de un significado recóndito, pasaron por alto el hecho mismo, perdiendo la sustancia en una insensata preferencia por la sombra. A pesar de que Dios puso delante de ellos gloriosos eventos que llenan al cielo de asombro, ellos mostraron su necia sabiduría al aceptar los sencillos hechos históricos como mitos que han de ser interpretados o acertijos que han de ser resueltos.

Aquel que creía como un niño fue apartado a un lado como un necio para que el controversista y el escriba pudieran entrar para envolver a la simplicidad en el misterio, y ocultar la luz de la verdad. De aquí que surgieran ciertos individuos como Himeneo y Fileto “que se desviaron de la verdad, diciendo que la resurrección ya se efectuó, y trastornan la fe de algunos."

Busquen el versículo diecisiete y léanlo por ustedes mismos. Volatilizaron a la resurrección; hicieron que significara algo muy profundo y místico, y en el proceso, quitaron por completo la resurrección real. Entre los hombres hay todavía un ansia de nuevos significados, de refinamientos sobre las viejas doctrinas, y espiritualizaciones de hechos literales. Arrancan con violencia las entrañas de la verdad, y nos entregan el esqueleto relleno de hipótesis, especulaciones, y mayores esperanzas. Los escudos de oro de Salomón son retirados, y en su lugar son colgados escudos de latón: ¿acaso esos escudos no responderán mejor a cada propósito, y no es el metal más acorde con la época? Podría ser, pero nunca admiramos a Roboam, y somos lo suficientemente anticuados para preferir los escudos originales de oro.

Permanecer firmes

El apóstol Pablo estaba muy ansioso de que Timoteo se mantuviera firme al menos en cuanto a la antigua fe, y entendiera en su claro significado los testimonios de Pablo referentes al hecho de que Jesucristo, de la simiente de David, resucitó de los muertos.

Dentro del alcance de este versículo, se registran varios hechos: y, primero, aquí está la gran verdad de que Jesús, el Hijo del Altísimo, fue ungido de Dios; el apóstol le llama: “Cristo Jesús", esto es, el Mesías, el enviado de Dios. También le llama: “Jesús", que significa un Salvador, y es una grandiosa verdad que quien nació de María, quien fue colocado en el pesebre en Belén, quien nos amó y vivió y murió por nosotros, es el Salvador, ordenado y ungido, de los hombres. Nosotros no dudamos ni un instante acerca de la misión, el oficio, y el propósito de nuestro Señor Jesús; en verdad, nosotros colgamos la salvación de nuestras almas del hecho de que Él es el ungido del Señor para ser el Salvador de los hombres.

Este Jesucristo fue real y verdaderamente hombre, pues Pablo dice que Él fue “del linaje de David”. Es cierto que era divino, y Su nacimiento no fue según la manera ordinaria de los hombres, pero aún así, fue partícipe en todos los sentidos de nuestra naturaleza humana, y provino del linaje de David. Nosotros también creemos esto.

No estamos entre aquellos que espiritualizan la encarnación, y que suponen que Dios estuvo aquí como un fantasma, o que toda esa historia no es sino una instructiva leyenda.

No, en carne verdadera y sangre verdadera el Hijo de Dios habitó entre los hombres: Él fue hueso de nuestros huesos y carne de nuestra carne en los días de Su morada aquí abajo. Nosotros sabemos y creemos que Jesucristo ha venido en la carne. Amamos al Dios encarnado, y en Él fijamos nuestra confianza.

Escrito por: Fernando Alexis Jiménez

Artículo Original: https://www.mensajerodelapalabra.com/site/?p=865


Publicado en: Eventos Especiales

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