Dispóngase para amar y ser amado

(Cimentación Familiar – Cap. 7)

Con ayuda de Dios desarrolle en su vida la capacidad de dar y recibir amor

Camilo dejó un ramo de rosas, amarillas, blancas y rojas, sobre la mesita de sala. A diferencia de otras veces, llegó tratando de hacer el menor ruido posible. Abrir la puerta fue una verdadera odisea porque no quería que Claudia oyera cuando trataba de abrir. Y lo logró.

Claudia lo sorprendió cuando él pretendía ingresar a la cocina con sigilo.

— ¿Qué haces? — , le preguntó. Luego miró el ramo. Dirigió sus ojos a su esposo y de nuevo a las flores: — ¿Y eso? ¿Qué significa? — , interrogó con un gesto de incredulidad que su esposo interpretó como desdén, y salió de casa enojado.

Cabe anotar que el enfado le duró buena parte del día. Lograron tener contacto, de nuevo, al caer la tarde.

Sentados en la quietud de la noche, Claudia le explicó que no podía creer en el detalle.

Tú no eres por naturaleza amoroso — , le dijo.

Pero todos tenemos la posibilidad de comenzar a cambiar — , se defendió Camilo.

La escena pudo ocurrir muy cerca de usted o, tal vez, en algún momento aunque en otras circunstancias.

El asunto fundamental es que, aunque el amor es primordial en la relación conyugal, y esencial en el trato con los hijos, quizá no nos prepararon para dar y recibir amor.

Una queja común: falta de amor

Infinidad de matrimonios están unidos por un denominador común: Esposos y esposas se quejan de no recibir demostraciones de amor por parte de su pareja. “Ya no me quiere”, se lamentan ellas y, ellos— por su parte— consideran que en muchos casos las demostraciones afectivas son parte del pasado, que se quedaron en los recuerdos del noviazgo.

Si está ocurriendo al interior de su familia, no lo desestime. Es una situación a la que debe prestar atención porque la relación de pareja se enriquece cada día y se va irradiando también a nuestros hijos. Ellos reciben del amor que como pareja nos prodigamos. Y a su vez, cuando crezcan, demostrarán ese amor al interior de sus propias familias.

Al leer este capítulo, un elemento que debe quedar claro es la necesidad de revisarnos y evaluar –incluso tomando como punto de partida— qué nos llevó a ser reacios a recibir amor.

En oración examine qué ocurrió. Dios le mostrará en qué momento de su existencia se produjo un hecho que lo marcó, que tal vez le ha impedido recibir y dar amor. La dureza que muestra hoy con su cónyuge, es probable que tenga origen en eventos de la niñez.

Si ha identificado que fue, es importante que allí, en oración, le pida a Dios que sane su mundo interior.

Él sabe hacerlo, y si bien es cierto valoramos y ponderamos la sicología, me asiste el convencimiento de que Aquél que nos creó es quien nos entiende y sabe qué debe sanar en cada uno de nosotros.

Sólo cuando recibimos esa sanidad, podremos dar amor, tal como lo merecen nuestro cónyuge y nuestros hijos.

En todo hogar se necesita amor

El amor es fundamental para una vida familiar sana. Nos ayuda a sentar cimientos sólidos.

Si piensa en el asunto, probablemente piense que en otras familias pasa, pero no en la suya. Cuidado. Puede estar muy cerca del problema y no percatarse.

En el nuestro no es así”, decimos. Pero, ¿en realidad su casa es un lugar en el que cónyuge y sus hijos pueden decir: Recibimos demostraciones de amor? Es una pregunta que no debe quedar en el aire sino que, dada la importancia que reviste, demanda que la respondamos con el corazón.

Conforme demostramos el amor a los componentes del círculo familiar, vamos descubriendo qué es lo que realmente les llena emocional y afectivamente: Una caricia, una palabra de aliento, un abrazo.

Es un proceso que se surte con el tiempo y del cual no podemos esperar resultados de la noche a la mañana. Poco a poco vamos aprendiendo.

El afamado autor cristiano, Gary Chapman, brinda una apreciación que debemos tener en cuenta:

“Muchas parejas se aman sinceramente, pero no expresan el amor de manera eficaz…. Descubrir cuál es la forma en la que su ser amado se siente valorado y querido, es un paso importante para desarrollar eficazmente maneras de expresar el amor.” (Gary Chapman. “Los cinco lenguajes del amor – Devocionales”. Editorial Tyndale House. 2012. EE.UU. Devocional 02/02)

No hay nada más doloroso que sentir amor y no saberlo expresar. Es como un nudo en la garganta. Y aunque todo ser humano fue concebido para amar, no podemos desconocer el hecho de que hay infinidad de hombres y mujeres que no saben cómo hacerlo eficazmente.

Dar y recibir amor es un proceso permanente

Amar y saber expresarlo es una tarea en la que debemos comprometernos cada día.

No es algo opcional, sino un imperativo que compartió con nosotros el amado Señor Jesús cuando dijo: “Así que ahora les doy un nuevo mandamiento: ámense unos a otros. Tal como yo los he amado, ustedes deben amarse unos a otros. El amor que tengan unos por otros será la prueba ante el mundo de que son mis discípulos». (Juan 13:34, 35. NTV)

¿Cómo saben las personas alrededor nuestro que somos realmente cristianos? Porque sabemos de qué manera expresar el amor. Es un distintivo, una característica que marca la diferencia donde quiera que nos encontremos.

El primer lugar donde tornamos evidente ese amor, es en nuestra familia.

Componentes del amor familiar

El amor tiene tres componentes que debemos demostrar a nuestro cónyuge y a nuestros hijos: Compromiso, entrega y perseverancia.

Si hay compromiso, entenderemos que nuestra familia es muy importante para nosotros; si hay entrega, daremos lo mejor de nosotros para nuestro cónyuge e hijos, y si hay perseverancia, no nos daremos por vencidos fácilmente. Daremos nuevos pasos cada día.

En todo es importante que nos mostremos tal como somos desde un comienzo en el noviazgo. Y, una vez constituido el hogar, determinemos aplicar correctivos que mejoren la calidad de vida conyugal y familiar en general.

Cuando Laura y Camilo eran novios, eran un dechado permanente de amor. Sus allegados en la Universidad se quejaban de sus constantes arrumacos y besuqueos, sin importarles quién estuviera cerca.

Ella era muy cariñosa: Le abrazaba, rodeaba su cintura y le sonreía constantemente; él le regalaba rosas, esquelas amorosas y chocolates. Eran la pareja perfecta.

La historia que parecía tomada de un argumento de telenovela, cambió. Dos años después de casados, cuando su primer hijo, convirtieron el hogar en un infierno.

Camilo descubrió que ella no era la princesa que imaginó, y Laura, por su parte, comprobó con tristeza que su marido era agresivo.

Terminaron separándose pocos meses después de que estalló la crisis.

Los dos debieron admitir que nunca se mostraron tal como eran en el noviazgo y que se quitaron el antifaz una vez contrajeron nupcias.

Lo grave del asunto es que no es un caso aislado. Es un fenómeno más común de lo que imaginamos. Los jóvenes se enamoran y quieren pasar pronto a estar bajo un mismo techo, sin hacer un análisis cuidadoso de sus vidas, ni de cómo es realmente su pareja.

Ser sinceros, auténticos y mostrarnos tal como somos, es un aspecto muy importante. Es el paso para descubrir en qué cometemos errores con frecuencia, y con corazón dispuesto, aplicar correctivos. Sólo de esta manera, sin máscaras, podremos mostrar el amor real a nuestro cónyuge y a los hijos fruto de esa relación.

No ponga límites al amor familiar

Si hay algo que no tiene costo económico pero sí resulta gratificante y enriquecedor, es prodigar amor a nuestro cónyuge y a nuestros hijos.

Cuando ponemos barreras al proceso de dar y recibir amor, estamos privándonos de una experiencia maravillosa.

Por el contrario, cuando liberamos la capacidad de dar y recibir amor, estamos aplicando lo que enseñó el apóstol Juan: “Queridos amigos, ya que Dios nos amó tanto, sin duda nosotros también debemos amarnos unos a otros. Nadie jamás ha visto a Dios; pero si nos amamos unos a otros, Dios vive en nosotros y su amor llega a la máxima expresión en nosotros.” (1 Juan 4:11, 12.NTV)

No podemos ni debemos vivir en un mundo de mentiras. Amar con autenticidad es otro de los distintivos del cristiano. Amamos porque hemos recibido el amor de Dios y estamos obligados a transmitirlo, y el primer círculo en el que estamos llamados a hacerlo, es en el hogar.

El autor y conferencista, Gary Chapman, recomienda:

“Auto revelarnos permite conocer mutuamente nuestros pensamientos, deseos, frustraciones y alegrías. En una palabra, es el camino a la intimidad. ¿Cómo aprendemos a revelarnos? Usted puede comenzar aprendiendo a hablar de sí mismo con sinceridad…” (Ibid. Pg. 54)

Es un proceso que demanda no centrarnos en el yo sino en nuestra pareja e hijos; pensar a partir de la perspectiva de que— cuando nos casamos— somos dos y no uno (Cf. Eclesiastés 3:1, 4).

Si hay sinceridad en nuestras palabras, si hay un corazón dispuesto, sin duda desarrollaremos el proceso de cambio que necesitamos para que nuestra familia descubra y reciba el amor que necesitan, que tenemos y que debemos prodigarles.

Para concluir este capítulo le animo a decidirse por la experiencia de aportar, desde hoy, pequeños granitos de amor a su cónyuge y a su hijo.

No se desaliente si la respuesta que recibe no es la que esperaba. Persista. Una actitud amorosa de una esposa o de un esposo hacia su pareja y hacia sus hijos, derriba barreras. Puedo asegurarle que progresivamente su hogar experimentará cambios, y esa transformación positiva, que alcanzamos con ayuda de Dios, impactará a todos en casa. Decídase hoy por dar y recibir amor.

Escrito por: Fernando Alexis Jiménez

Artículo Original: https://www.mensajerodelapalabra.com/site/?p=8009


Publicado en: Libros Electrónicos

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