Avance y no viva acusado por el pasado

(Lección 3 – Discipulado 5)

La obra del Señor Jesús perdonó nuestros pecados. El enemigo no puede acusarnos.

Si alguna vez sintió que no era buen cristiano, que todos sus esfuerzos por cambiar y crecer en los ámbitos espiritual y familiar eran inútiles, y que estaba irremediablemente signado para el fracaso y para ser un cristiano mediocre, sin duda experimentó, o enfrenta aún, ataques del acusador.

Podríamos asegurarle, sin temor a equívocos, que es una situación que todos los discípulos de Jesús hemos afrontado alguna vez en nuestra vida, o quizá en muchas ocasiones.

Lucía abortó. Lo hizo cuando cursaba la carrera universitaria. En el segundo semestre. Fue una acción desesperada. Su novio la embarazó y luego le dijo— en medio de una discusión — que no respondería por la criatura.

La joven, una vez se recibió de abogada, se convirtió a Cristo; sin embargo, cuando siente que vive un momento de crecimiento en todas las áreas de su vida, recuerda la época en que cegó la vida al feto. Inmediatamente cae en un estado depresivo y quiere volver atrás en su vida cristiana.

Jimmy fue drogadicto. Por años. Robaba a sus vecinos e incluso a sus padres para sostener el vicio. Fruto de sus períodos inmerso en las drogas, tuvo enfrentamiento con otros farmacodependientes. Un sábado en la noche, en medio de una farra, hirió a uno de ellos. No volvió a saber de él.

Su madre oró muchos años. Finalmente sus oraciones recibieron una maravillosa contestación. Jimmy se convirtió a Cristo. Contrajo matrimonio. Tiene dos niñas. No obstante, cuando da nuevos pasos en su vida de fe, escucha en lo más recóndito de su conciencia: “Eres un drogadicto y siempre lo serás

De Orlando no se podría decir que tuvo un pasado oscuro. Por el contrario, se crió en un hogar cristiano. No obstante y ser un cristiano fiel, está sometido a períodos de crecimiento y reveses espirituales. En varias ocasiones acaricia la idea de renunciar, de volver atrás. Lo acusa la conciencia por los pequeños errores. “Jamás podrás ser un buen cristiano”, retumba en su mente.

Un enemigo que no descansa

Quien está detrás de las acusaciones es nuestro enemigo espiritual, Satanás. Esa es su naturaleza: ser acusador.

El apóstol Juan describe así lo que ocurrirá en el final de los tiempos, pero pone en evidencia lo que ha hecho el adversario:

“Luego oí una fuerte voz que resonaba por todo el cielo: «Por fin han llegado la salvación y el poder, el reino de nuestro Dios, y la autoridad de su Cristo.  Pues el acusador de nuestros hermanos — el que los acusa delante de nuestro Dios día y noche— ha sido lanzado a la tierra.” (Apocalipsis 12:10. NTV)

Hay tres hechos que destaca en este pasaje:
  • La salvación que viene por el Señor Jesús
  • El poder de Cristo obrando en medio del pueblo de Dios
  • El reino de Dios
Esos tres elementos son muy importantes y obran a favor de los discípulos de Jesús. Pese a ello, no nos afincamos en ellos como pilares y sucumbimos—si lo permitimos—a los ataques del enemigo espiritual quien día y noche nos acusa delante de Dios el Padre.

Esas acusaciones no tienen por qué llevarnos a experimentar un retroceso espiritual. Y es posible, cuando reconocemos que la muerte del Señor Jesús lavó de una vez y para siempre el pecado de nuestra vida.  Ahora Dios nos ve limpios y justificados en Su Presencia.

El autor de la carta a los Hebreos hizo una amplia exposición sobre el tema. Lo explicó en términos sencillos:

“Entonces Cristo ahora ha llegado a ser el Sumo Sacerdote por sobre todas las cosas buenas que han venido. Él entró en ese tabernáculo superior y más perfecto que está en el cielo, el cual no fue hecho por manos humanas ni forma parte del mundo creado. Con su propia sangre — no con la sangre de cabras ni de becerros— entró en el Lugar Santísimo una sola vez y para siempre, y aseguró nuestra redención eterna. Imagínense cuánto más la sangre de Cristo nos purificará la conciencia de acciones pecaminosas para que adoremos al Dios viviente. Pues por el poder del Espíritu eterno, Cristo se ofreció a sí mismo a Dios como sacrificio perfecto por nuestros pecados.” (Hebreos 9:11, 12, 14. NTV)

Le invitamos a leer el pasaje Escritural con mucho detenimiento. Aprópiese de estos versos bíblicos en su vida.

El apóstol Juan aborda el asunto cuando escribe: “…y la sangre de Jesús, su Hijo, nos limpia de todo pecado.” (1 Juan 1:7. NTV)

No hay razón para sentirnos menos, menospreciados, y hacerle el juego a Satanás quien desea vernos derrotados, en el suelo. Esa ha sido su naturaleza desde un comienzo (Juan 10:10 a)

¿Dejarse acusar? La decisión es suya

Si pudiera hablar con Lucia, Jimmy y Orlando, los protagonistas de las historias descritas al comienzo, usted podría decirles que sus pecados fueron perdonados por Dios, gracias a la obra redentora del Señor Jesús, y que el registro de sus culpas fue arrojado al fondo del mar (Cf. Miqueas 7: 18, 19)

El apóstol Pablo explicó el asunto en los siguientes términos: “¿Quién se atreve a acusarnos a nosotros, a quienes Dios ha elegido para sí? Nadie, porque Dios mismo nos puso en la relación correcta con él. Entonces, ¿quién nos condenará? Nadie, porque Cristo Jesús murió por nosotros y resucitó por nosotros, y está sentado en el lugar de honor, a la derecha de Dios, e intercede por nosotros.” (Romanos 8:33, 34. NTV)

La obra que el Señor Jesús hizo en la cruz nos limpia de todo pecado. Y cuando Dios el Padre recibe acusaciones en nuestra contra, nos mira e inmediatamente ve el reflejo de la sangre vertida por Cristo en la cruz. Allí se limpiaron nuestros pecados. Nos ve puros y justos en su presencia. Es algo que Satanás jamás podrá cambiar. Es el amor infinito de nuestro amado Hacedor que sacrificó a Su Hijo para hacernos aceptas (Cf. Juan 3:16)

Aquí se aplica, entonces, la enseñanza del autor de la carta a los romanos: “¿Qué podemos decir acerca de cosas tan maravillosas como estas? Si Dios está a favor de nosotros, ¿quién podrá ponerse en nuestra contra?” (Romanos 8:31. NTV)

Si usted lo acepta, el enemigo espiritual procurará destruirlo. Si por el contrario, reconoce y asume en su existencia la obra redentora de Jesús, el adversario no podrá acusarlo más ni tampoco atormentar su conciencia.

Una vida transformada

Dios nos ve santos y puros por la obra redentora de Jesús en la cruz. Si obramos distinto que ayer, decididos a no seguir sumergidos en el pecado, es por nuestro amado a Dios el Padre.

El apóstol Juan hizo esa apreciación al escribirles a los cristianos del primer siglo y a nosotros hoy:

“Mis queridos hijos, les escribo estas cosas, para que no pequen; pero si alguno peca, tenemos un abogado que defiende nuestro caso ante el Padre. Es Jesucristo, el que es verdaderamente justo. Él mismo es el sacrificio que pagó  por nuestros pecados, y no solo los nuestros sino también los de todo el mundo.” (1 Juan 2:1, 2. NTV)

Es cierto, vendrán acusaciones e incluso, tentaciones. No obstante, nos fortalecemos en el Señor Jesús. Él nos concede la fortaleza para no ceder y permanecer firmes. Él lo hace posible. Es una maravillosa noticia para su vida y para la de todos aquellos que creen en el Salvador y le siguen como discípulos.

Preguntas para su auto evaluación en su avance como Discípulo de Jesús:

Le invitamos esta semana a repasar la Lección y responder los siguientes interrogantes, que le ayudarán a profundizar en las enseñanzas y a tornarlas prácticas en su vida diaria:

a.- ¿Cuál ha sido siempre la actitud de nuestro enemigo espiritual de acuerdo con lo que describe Apocalipsis 12:10?

b.- ¿Alguna vez ha experimentado esa sensación de ser acusado?

c.- Cuando enfrentó acusaciones, ¿cuál fue su reacción? ¿Se dio por vencido?

d.- ¿Qué dice a su vida el pasaje Escritural de Hebreos 9:11, 12, 14?

e.- ¿Qué quiso decir Juan cuando escribió que “la sangre de Jesús  nos limpia de todo pecado”?

f.- De acuerdo con Romanos 8:33, 34, ¿podría Satanás acusarnos por los pecados del ayer?

g.- ¿Puede el enemigo espiritual seguir librando acusaciones contra nosotros (Romanos 8:31)?

Escrito por: Fernando Alexis Jiménez

Artículo Original: https://www.mensajerodelapalabra.com/site/?p=8518


Publicado en: Escuela de Discipulado

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