Principios para alcanzar y mantener la armonía familiar

Estamos llamados a propiciar la armonía familiar

1.- Base Bíblica: Salmos 139:1-6; Mateo 3:1-8; 7:3-5.

2.- Objetivos:

2.1.- Que al término del Grupo Familiar, los participantes comprendan la importancia de hacer un alto en el camino para evaluar en qué estamos fallando y aplicar correctivos a la relación.

2.2.- Que al término del Grupo Familiar, los participantes valoren la necesidad de dejar de lado la actitud de señalamiento hacia nuestro cónyuge e hijos.

2.3.- Que al término del Grupo Familiar los participantes comprendan la necesidad del arrepentimiento por los errores cometidos en el hogar y la importancia de permanecer firmes en la disposición de cambio.

3.- Desarrollo del tema:

Una de las mayores aspiraciones de las personas casadas hoy es crear un ambiente de armonía que torne agradable la relación de pareja. No obstante, se encuentran con una realidad bien distinta: Hay conflictos y, con el paso del tiempo y si no se aplican correctivos, terminan por agravarse y las dificultades tocan fondo hasta el punto en el que los dos cónyuge consideran que la única salida es el divorcio.

La armonía en la relación de pareja y con la familia toma forma cuando admitimos nuestros errores, dejamos de lado el comportamiento orgullos que caracteriza a muchas personas y se dan pasos sólidos hacia el cambio. Lo apropiado no es señalar a nuestra pareja sino, asumir nosotros el compromiso de cambio, sincero y permanente.

Compartimos hoy unos principios que le ayudarán en el proceso de crecimiento familiar:

3.1.- La armonía familiar comienza cuando dejamos de lado el orgullo y la hipocresía

Rebeca vino a conocer realmente a Raúl, su esposo, cuando llevaban siete meses bajo el mismo techo. Y ocurrió por una discusión intrascendente. El hombre se llenó de furia, vociferó y se encerró en la habitación con un fuerte portazo. Pasó una semana antes que volviera a hablarle. Ese fue el momento en el que la joven se dio cuenta realmente con quién era que había contraído nupcias.

Con frecuencia ocurre lo mismo. Es una situación real, aunque no deja de sorprendernos. Las personas se desalientan al comprobar que su pareja es intolerante, irascible, no perdona o quizá asume una actitud vengativa.

Otro comportamiento común en muchos matrimonios es la fachada social que se guarda. El marido aparenta ser un príncipe o quizá es su esposa la que parece una princesa. Sonríen, asisten a la Iglesia cada domingo y lucen agradables; no obstante, en la vida práctica son agresivos y conflictivos. Olvidan que podremos engañar a cualquiera, menos a Dios. Él sí conoce cuál es nuestra realidad personal y espiritual.

El rey David escribió en los Salmos: “Oh Señor, has examinado mi corazón y sabes todo acerca de mí. Sabes cuándo me siento y cuándo me levanto; conoces mis pensamientos aun cuando me encuentro lejos. Me ves cuando viajo y cuando descanso en casa. Sabes todo lo que hago. Sabes lo que voy a decir incluso antes de que lo diga, Señor. Vas delante y detrás de mí. Pones tu mano de bendición sobre mi cabeza. Semejante conocimiento es demasiado maravilloso para mí, ¡es tan elevado que no puedo entenderlo!” (Salmos 139:1-6. NTV)

Si amamos a un Dios grande, si creemos que puede bendecirnos en todos los cambios que emprendemos y, si estamos convencidos que traerá armonía en nuestro hogar, es esencial que revisemos nuestro comportamiento y— con ayuda del Señor— apliquemos correctivos.

Si su cónyuge se queja, no se enoje y por el contrario revise el tipo de trato que le da lo mismo que a sus hijos. Estas señales de alarma nos ayudan a emprender cambios definitivos en nuestra forma de pensar y de actuar.

El autor y consejero matrimonial, Gary Chapman, escribe:

“… Dios nos conoce completamente. Conoce nuestros pensamientos, emociones y sabe a ciencia cierta por qué hacemos lo que hacemos… Su cónyuge puede observar su conducta, pero tal vez no alcance a comprenderlo a plenitud y es probable que le toque a su cónyuge explicarse mejor. Todas esas cosas promueven la comprensión e intimidad con la pareja.”(Gary Chapman. “Los 5 lenguajes del amor – Devocionales”. Tyndale House Editores. 2009. EE.UU. 07/01)

Si su anhelo siempre ha sido compartir con un cónyuge que ofrezca una relación gratificante, usted mismo debe cambiar.

Cuando hacemos un examen honesto descubrimos que quizá muchas heridas emocionales causadas a nuestra pareja no se han resuelto, y no se han resuelto porque no hemos pedido perdón y dispuesto el corazón para renunciar al orgullo y pedir perdón. Y esas excusas nacidas en lo más profundo de nuestro ser, deben ir acompañadas con una seria disposición de cambiar. Puedo asegurarle que es un paso infalible para que todo vaya bien y se afiance la armonía en la relación de pareja y a nivel familiar.

3.2.- Desista de estar señalando los errores de su pareja y cambie usted

¿Se ha encontrado alguna vez cuestionando a su cónyuge por errores que, con el tiempo, descubre usted mismo tiene? “Mi marido siempre se queja de que soy incumplida, que llego tarde; pero él mismo me ha dejado muchas veces esperándolo para cenar”, se quejaba una joven que pidió consejería. En su criterio, lo más doloroso era la sucesión de críticas que recibía de su cónyuge: “Generalmente no me dice palabras alentadoras”, decía.

El mayor error en el que incurrimos es criticar de manera inmisericorde a la persona que Dios nos concedió como pareja, olvidando que nosotros mismos fallamos y no una sino muchas veces. El afamado autor y conferencista, Gary Chapman, escribe:

“Como consejero matrimonial he llegado a la conclusión de que cada miembro de la pareja desea que su cónyuge cambie. El resultado: Ambos se sienten condenados, y con resentimiento en el corazón.”(Gary Chapman. “Los 5 lenguajes del amor – Devocionales”. Tyndale House Editores. 2009. EE.UU. 07/01)

Pareciera que con más frecuencia de lo que imaginamos estamos ocupados en señalar a nuestro cónyuge e hijos, que en identificar los errores propios. Nuestro Señor Jesús compartió una enseñanza que aplica a nuestras relaciones interpersonales y en el ámbito familiar: “¿Y por qué te preocupas por la astilla en el ojo de tu amigo, cuando tú tienes un tronco en el tuyo? ¿Cómo puedes pensar en decirle a tu amigo: “Déjame ayudarte a sacar la astilla de tu ojo”, cuando tú no puedes ver más allá del tronco que está en tu propio ojo? ¡Hipócrita! Primero quita el tronco de tu ojo; después verás lo suficientemente bien para ocuparte de la astilla en el ojo de tu amigo.” (Mateo 7:3-5. NTV)

El camino que debemos seguir es hacer un alto en el camino, identificar cuáles son nuestros errores y determinar en qué podemos cambiar. Es un proceso que comienza cuando reconocemos que no somos perfectos, se afianza cuando le confesamos nuestras fallas a la pareja y, cuando le anunciamos la disposición de cambio, reafirmamos ese compromiso con hechos concretos, que demuestren el amor que le tenemos como cónyuge pero también a nuestros hijos.

Nunca es tarde para cambiar y menos para evitar que nuestro hogar camine al despeñadero. La decisión de cambio es el primer paso y se afianza cuando nuestras acciones evidencian esa voluntad de ser diferentes, en la forma de pensar y de actuar. ¡Hoy es el día para comenzar!

3.3.- La decisión de cambiar con nuestra familia comienza con un arrepentimiento sincero

Por muchos años Simón fue el borracho del pueblo. Se bebía el poco dinero que ganaba trabajando en los socavones de una mina y algunas veces— generalmente los domingos en la noche— llegaba a exigirle a su esposa que consiguiera dinero prestado para pagar deudas de juego que él había contraído en medio del alicoramiento.

La golpeó muchas veces e igual suerte corrieron sus hijos cuando pretendieron evitar que la siguiera agrediendo. “Un día de estos voy a acabar con todos”, les decía.

Pero todo cambió el día que recibió a Jesús como Señor y Salvador. Una anciana le predicó de Cristo y él no solo lo recibió en su corazón como Redentor sino que además, desde ese mismo instante— aunque comenzaba un prolongado fin de semana— decidió no beber un trago más. Su esposa estaba sorprendida con la transformación en el comportamiento y temía que en cualquier momento volviera a sus andadas. Pero nunca fue así. Él cambió de una vez y por muchas décadas hasta que partió a la presencia del Señor.

Si algo puede salvar nuestra relación de pareja y mejorar la situación con nuestros hijos, es hacer un alto en el camino, evaluar los errores, disponernos al cambio y dar pasos firmes en esa dirección.

El autor y consejero matrimonial, Gary Chapman, escribe:

“Cuando Cristo gobierna en nuestro corazón, no nos sentimos bien repitiendo lo mismos viejos pecados. En lugar de eso buscamos ayuda divina para cambiar nuestro rumbo. Si herimos a nuestro cónyuge, es necesario reconocer que aquello en lo que incurrimos está mal y que la sola disculpa no es suficiente para corregir. Es necesario hacer un plan para cambiar nuestra conducta con el fin de lastimar nuevamente de la misma manera a la persona amada.” (Gary Chapman. “Los 5 lenguajes del amor – Devocionales”. Tyndale House Editores. 2009. EE.UU. 07/01)

El paso más importante para cambiar con nuestra familia y con las personas que nos rodean, es el arrepentimiento. Aceptar que fallamos y disponernos a no incurrir en el mismo comportamiento. El arrepentimiento es fundamental.

El evangelista Mateo relata una escena a la que debemos prestar especial atención: “En esos días, Juan el Bautista llegó al desierto de Judea y comenzó a predicar. Su mensaje era el siguiente: «Arrepiéntanse de sus pecados y vuelvan a Dios, porque el reino del cielo está cerca ». Gente de Jerusalén, de toda Judea y de todo el valle del Jordán salía para ver y escuchar a Juan; y cuando confesaban sus pecados, él las bautizaba en el río Jordán. Cuando Juan vio que muchos fariseos y saduceos venían a mirarlo bautizar, los enfrentó. «¡Camada de víboras! — exclamó—. ¿Quién les advirtió que huyeran de la ira divina que se acerca? Demuestren con su forma de vivir que se han arrepentido de sus pecados y han vuelto a Dios.” (Mateo 3:1-8. NTV)

Y le decía que debemos poner especial cuidado al texto porque Juan el Bautista enseñó que el arrepentimiento sincero se demuestra con el cambio de nuestras acciones. No basta con decirle a la esposa o a los hijos: “He cambiado.” Es necesario reafirmarlo con un trato diferente, con expresiones de amor, comprensión y tolerancia, y además, con mantenernos con esa actitud de cambio por encima de las circunstancias que se puedan enfrentar a nivel familiar. Decídase hoy a cambiar con su familia…

Si no ha recibido a Jesús como Señor y Salvador, hoy es el día para que lo hago. Le aseguro que no se arrepentirá porque prendidos de la mano del Señor Jesús emprendemos el proceso de cambio que siempre hemos anhelado.

Preguntas para la discusión en grupo:

a.- ¿Realmente usted se muestra con su pareja, tal y como es, o tal vez vive bajo el amparo de un antifaz?

b.- ¿Ha evaluado cuáles son sus reacciones con su pareja ante las diferentes situaciones?

c.- ¿Qué aprendemos en Salmos 139:1-6 que nos debe llevar a reflexionar en nuestra relación de pareja y con la familia?

d.- ¿Ha identificado qué errores comete con frecuencia que demandan correctivos no solo en el trato con su cónyuge sino también con sus hijos?

e.- ¿Ha pedido perdón a su cónyuge o a sus hijos cuando les ha causado heridas emocionales?

f.- ¿Se ha encontrado alguna vez cuestionando a su cónyuge por errores que, con el tiempo, descubre usted mismo tiene?

g.- ¿Hemos tomado tiempo para evaluar cuáles de nuestras acciones generan heridas emocionales a nuestra familia?

h.- ¿Nos embarga todavía el orgullo que nos lleva a creer que somos infalibles?

i.- ¿Qué aprendemos de la enseñanza del Señor Jesús respecto a no andar señalando a otras personas, comenzando por los miembros de nuestra familia (Mateo 7:3-5)?

j.- Una meta hoy es pedirle a Dios la sabiduría necesaria para disponernos a cambiar y mantenernos en esa misma dirección.

Oración al terminar del Grupo familiar:

“Amado Dios la Palabra nos enseña hoy los peligros que encierran el orgullo y la hipocresía en la relación familiar. No tiene sentido guardar una imagen ante la sociedad cuando al interior del hogar somos agresivos e intolerantes. Gracias por concedernos la sabiduría necesaria para admitir los errores y disponer nuestro corazón para cambiar. Si hay amado Dios, algo en lo que aún debamos cambiar o por alguna razón no lo hemos descubierto, te pedimos que nos lo muestres y nos concedas humildad de corazón para proseguir en el proceso de cambio. Amén”

Escrito por: Fernando Alexis Jiménez

Artículo Original: http://www.mensajerodelapalabra.com/site/?p=2039


Publicado en: Grupos Familiares

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