En el Nombre de Jesús, levántate y anda…

Dios desea llevarnos a una dimensión de fe y milagros.

Milagros. Una palabra que en algunas personas despierta curiosidad e interés, y en otras, escepticismo. Y no es para menos. Hoy día se escuchan tantos engaños, que es apenas natural que surjan dudas e inquietudes.

Pero, ¿ocurren realmente? ¿Cómo se producen? ¿Hay algún distintivo para que lo imposible se haga posible?

Le animo a leer los capítulos 3 y 4 del libro de los Hechos de los Apóstoles. Allí descubriremos pautas valiosas, vigentes para nuestro tiempo. Principios que dinamizarán nuestra vida y ministerio, para llevarnos a un nuevo nivel.

Se necesitan hombres y mujeres de fe

Los milagros se producen a través de hombres y mujeres de fe (Lucas 17: 5, 6).

El relato bíblico en el libro de los Hechos, capítulo 3, señala que Pedro y Juan iban de camino al templo, en horas de la tarde. Y los abordó un hombre que pedía limosna. Era cojo de nacimiento. Dependía de las monedas que de buena o mala gana le dieran.

“Este, cuando vio a Pedro y a Juan que iban a entrar en el templo, les rogaba que le diesen limosna. Pedro, con Juan, fijando en él los ojos, le dijo: Míranos. Entonces él les estuvo atento, esperando recibir de ellos algo. Mas Pedro dijo: No tengo plata ni oro, pero lo que tengo te doy; en el nombre de Jesucristo de Nazaret, levántate y anda.” (Hechos 3:4-6)

¿Obraron Pedro y Juan de manera temeraria? Por supuesto que no. Una lectura cuidadosa del texto nos permite apreciar cuatro elementos importantes:
  • Dios dignificó la vida de aquél hombre. Estaba acostumbrado a pedir limosna, y lo llevó a un nuevo nivel.
  • Pedro y Juan entendieron que tenían el poder de Dios obrando en ellos, que era más importante que el dinero (Mateo 6:33)
  • Pedro y Juan sabían con certeza que tenían autoridad y la ejercían, en el Nombre de Jesucristo.
  • Pedro y Juan declararon la palabra en fe, y Dios honró su fe (Salmos 34:5).
Piense por un instante que en un mundo desesperanzado, donde abundan las enfermedades e infinidad de cautivos por la maldad se debaten en desesperación día y noche, se necesitan hombres y mujeres de fe que se muevan en el poder de Dios.

Estamos llamados a obrar en fe

El poder de Dios sigue tan latente hoy como al comienzo de los tiempos. Cuando tomamos conciencia de esa realidad, nos movemos y obramos en fe. Es en ese momento cuando cruzamos la frontera hacia la dimensión de los milagros.

“Y tomándole por la mano derecha le levantó; y al momento se le afirmaron los pies y tobillos; y saltando, se puso en pie y anduvo; y entró con ellos en el templo, andando, y saltando, y alabando a Dios.” (Hechos 3:7, 8)

Escuchar la palabra, actuar en fe, ver los milagros. Esa es la ecuación. Sencilla pero eficaz.

Dios anhela que cosas grandes ocurran con nosotros y el ministerio que nos ha delegado.

No se amedrante por los que matan los milagros

Lo más probable es que, cuando comience a moverse en fe, encuentre personas incrédulas que quieran robarle el “granito de mostaza”. No lo permita. No escuche su voz. Préndase de la mano de Jesucristo. Es en Él en quien debemos depositar nuestra confianza.

Cuando el enfermo fue sanado, quienes le conocían “Y todo el pueblo le vio andar y alabar a Dios… y se llenaron de asombro y espanto por lo que le había sucedido.” (Hechos 3: 9, 10)

La diferencia la determina el que creamos. Allá quienes no quieren hacerlo. Debemos orar por sus vidas. Que el Señor toque sus corazones y los lleve al mismo nivel que el de nosotros. Creer en Dios, depender de Dios, ver Sus milagros.

Recuerde que su autoridad proviene de Jesucristo

Si los milagros ocurren, no es por sus méritos o porque el poder fluya de su interior como una fuente inagotable, sin más. Por el contrario, es gracias a la presencia de Dios en nuestras vidas, de nuestra dependencia de Él, que el Señor se manifiesta.

Los sacerdotes y saduceos cuestionaron a Pedro y Juan. Los encarcelaron. Les recriminaron pidiendo que explicaran con qué autoridad lo habían hecho.

“Entonces Pedro, lleno del Espíritu Santo, les dijo: Gobernantes del pueblo, y ancianos de Israel: Puesto que hoy se nos interroga acerca del beneficio hecho a un hombre enfermo, de qué manera éste haya sido sanado, sea notorio a todos vosotros, y a todo el pueblo de Israel, que en el nombre de Jesucristo de Nazaret, a quien vosotros crucificasteis y a quien Dios resucitó de los muertos, por él este hombre está en vuestra presencia sano. Este Jesús es la piedra reprobada por vosotros los edificadores, la cual ha venido a ser cabeza del ángulo.” (Hechos 4: 8-11)

El milagro en aquél enfermo se produjo al declarar la Palabra en el Nombre del Señor Jesús. Fe que obra milagros. Dejar de lado toda sombra de duda.

Siempre debemos tener en cuenta lo siguiente:
  • No somos usted y yo los autores de los milagros. Es Dios.
  • Si deseamos movernos en la dimensión de los milagros, debemos depender de Dios.
  • Cuando oremos y ocurran milagros, debemos darle la honra y gloria a Dios.
Reflexione por un instante que estamos llamados a experimentar cambios. Y esos cambios, debemos encaminarlos a dejar de lado una vida cristiana normal, y emprender el camino hacia lo sobrenatural, hacia los milagros.

Hoy es el día para dar el primer paso. No le quepa la menor duda que Dios lo hará. Decídase. Comience a transitar cada día en fe.

Si aún no ha recibido a Jesucristo como su Señor y Salvador, hoy es el día para que le abra las puertas de su corazón. Él traerá transformación y crecimiento a su vida personal, espiritual y familiar.

Escrito por: Fernando Alexis Jiménez

Artículo Original: http://www.mensajerodelapalabra.com/site/?p=9952


Publicado en: Estudios Bíblicos

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